Mensaje de Monseñor Javier Román para la recepción de los símbolos de la JMJ en Guápiles

Mis queridos jóvenes, su energía es contagiosa. Gracias por llenarnos a todos con su fuerza, sueños y de esperanzas. En efecto, hoy estamos aquí con el corazón gozoso porque el Señor ha estado grande con nosotros y estamos alegres.

Le damos gracias a Dios porque nos permite compartir la fe alrededor de estos signos tan significativos, que nos anuncian la cercanía del mayor evento mundial de los jóvenes católicos: la Jornada Mundial de la Juventud.

Recibimos con mucho fervor la Cruz Misionera de la Jornada Mundial y el Ícono de Santa María Protectora del Pueblo Romano, entregados a los jóvenes por San Juan Pablo II. Él mismo nos enseñó el motivo: conocer más profundamente a Cristo en el Misterio de la Redención y encomendar la vida a la Madre de Dios.

Al recibirla la admiramos y la contemplamos: una cruz sencilla, pero majestuosa; sobria, pero llena de significado; misteriosa, pero llena de esperanza. Es la cruz que nos recuerda el amor que Jesús tiene por todos, especialmente por los adolescentes y jóvenes, y entre ellos, a los más necesitados.

Es la cruz que nos recuerda el llamado que el Señor nos ha hecho a la santidad, ¡a la perfecta alegría! El corazón del joven anhela, desea, busca la felicidad, pero la fe nos ayuda a descubrir que no hay felicidad verdadera y auténtica, sino es en su amor.

El joven desea un mundo mejor y Jesús le ayuda a descubrir que es posible, pero sólo con la fortaleza del amor que lo da todo por conseguirlo, renunciando a ideologías y a propuestas individualistas que invitan dejar a un lado la familia, a un lado a los demás, a dejar a un lado a los hermanos, y a sólo concentrarse en el yo aislado. Ese es el camino a la tristeza, al llanto y a la desesperación.

La cruz de la JMJ es un signo lleno de misterio, ha recorrido países, miles de jóvenes la han tocado, se han arrodillado, han presentado su oración, han recibido consuelo y fortaleza, es el misterio de la fe. Esta cruz, al actualizar la fe en el amor de Jesús, ha llenado de esperanza los corazones de muchísimos jóvenes y de muchas personas que se acercan a ella con una fe sencilla, más no fanática.

Esta cruz no recorre los caminos buscando fans y likes, busca corazones afligidos y personas sencillas y pobres para consolarlas, sanarlas y fortalecerlas en medio de las luchas de la vida y renovar su esperanza y su esfuerzo. En la cruz, el Sagrado Corazón de Jesús derramó su sangre por ustedes, por mí, por todos, e hizo de todos nosotros un solo pueblo.

Que la presencia de estos signos sencillos por todas las diócesis de nuestro país nos ayude a unirnos en la fe, todos como adolescentes y jóvenes que creemos en Cristo nos reconozcamos miembros del grandísimo pueblo de Dios que peregrina en todo el mundo y renovemos nuestra fe y esperanza.

Porque, como dice el Papa Francisco, los cristianos sabemos que nuestros mejores días y tiempos están aún por venir, que esos mejores días pueden ser construidos por nuestro esfuerzo y la gracia divina; ustedes jóvenes nos hacen recordar a todos que los cristianos somos un pueblo más de futuro que de pasado, y que en el horizonte del hombre hay un sol que lo ilumina para siempre. Creemos que nuestros días más bellos aún están por venir.

Finalmente, hay una mirada que aprendemos de las mamás llenas de amor y de la que todos podemos aprender. Cuando hay una reunión familiar y alguna de las hijas o hijos no está presente, el corazón de la mamá conecta con el hijo ausente. Unos le dicen que no se preocupe, que se alegre con los que están presentes; pero la mirada de la mamá se pierde un momento en busca de su hija o de su hijo. La Virgen María nos enseña y nos anima a recordar a los jóvenes de nuestra diócesis que no están aquí. A buscar a quienes necesitan experimentar la misericordia del amor de Dios, pero que por muchas razones no la han recibido o la andan buscando en lugares donde nunca la encontrarán.

Llevemos con alegría la Cruz de la JMJ y el Ícono de María, que llegue adonde están ellas y ellos, que recorra nuestros barrios limonenses, que visite nuestros templos y capillas, que haga estación en hospitales, que se haga cercana, que todos la puedan tocar y puedan orar ante ella, que se tomen fotos y compartan su alegría y esperanza, para que juntos podamos transformar todas esas realidades que nos duelen de nuestra provincia en fuerza para salir adelante con la ayuda de Dios y nuestra Madre Santísima.

Y que en este espíritu de unidad y amor sigamos preparando el camino al encuentro con Jesús en Panamá 2019. Que Dios los bendiga.

Mons. Javier Román Arias

Obispo de Limón

Homilía en la fiesta de los santos Felipe y Santiago Apóstoles

En esta fiesta de dos santos apóstoles Felipe y Santiago, la 1ª lectura, tomada de la 1ª carta de Pablo a los Corintios, nos recuerda el núcleo esencial de la fe cristiana; aquello sin lo cual seríamos cualquier otra cosa, menos discípulos de Jesús y miembros de su Iglesia.

Es el llamado “kerygma” o proclamación. Lo que los apóstoles seguramente predicaron, adaptándolo a las diversas circunstancias y auditorios. San Pablo lo recuerda a los corintios entre los cuales algunos se atreven a negar la realidad de la resurrección, o mejor, se atreven a afirmar que la resurrección es algo completamente espiritual o místico, que no afecta para nada nuestro cuerpo ni tiene repercusiones en nuestra existencia mortal.

San Pablo recuerda a los corintios nada menos que “el evangelio que les prediqué”. No una ideología, una doctrina filosófica o teológica. Tampoco un código moral. Sino la certeza de los acontecimientos salvadores de los cuales los apóstoles fueron testigos y autorizados mensajeros. Se trata de la muerte salvífica de Jesús en la cruz, en cumplimiento del plan divino de salvación para toda la humanidad. De su sepultura, garantía de la realidad mortal que experimentó Jesús, y de su resurrección gloriosa, irrupción definitiva de Dios en nuestra pobre historia humana y cumplimiento en Cristo, de todas las promesas y expectativas de la humanidad.

Este es el Evangelio, la buena noticia. El fundamento y principio de nuestra fe. Lo que nos define como cristianos. Es decir, la misma persona de Jesús: su vida y su muerte. La garantía de que ante Dios todos tenemos un lugar, de que Él nos hará justicia a cada uno y llevará a la plenitud nuestra limitada existencia, como llevó a su plenitud la existencia de su Hijo Jesús.

El pasaje de la carta de Pablo, insiste al final en las apariciones del Señor resucitado, y presenta una lista de testigos autorizados, anotando incluso que muchos están todavía vivos, en el momento en que se escribe la carta. Llama la atención que esta lista no coincida con los testigos señalados, en los relatos de apariciones del final de los cuatro evangelios. Faltan, por ejemplo, las mujeres, que vieron a Jesús resucitado al pie del sepulcro (Mt 28, 9-10; Mc 16, 9-11; Jn 20, 11-18).

Pero no es cuestión de una absoluta coincidencia, que resultaría más sospechosa como testimonio. Los primeros cristianos estaban seguros, y Pablo se hace eco de ello, de que el Resucitado se había hecho ver por diversas personas, en ocasiones distintas y de maneras diferentes. Lo que Pablo subraya es que el testimonio de la resurrección depende de experiencias ciertas, tenidas especialmente por algunos apóstoles: Cefas, que es el mismo Pedro, los Doce como grupo que representa a la comunidad de salvación, la Iglesia, Santiago, en este caso el llamado “hermano del Señor”, o “el menor”, para diferenciarlo del hijo de Zebedeo, hermano de Juan, del grupo de los doce apóstoles. Este Santiago el menor, es el que estamos conmemorando en este día.

Por otra parte, la lectura del pasaje del evangelio de san Juan ha sido escogida, seguramente porque en ella se menciona al apóstol Felipe, cuya fiesta, junto con Santiago el menor, se celebra hoy. Con seguridad hay que diferenciarlo del diácono Felipe, protagonista de varios relatos del libro de los Hechos de los Apóstoles, uno de los siete varones escogidos como administradores de la comunidad por los apóstoles (Hech 6, 1-6), el evangelizador de Samaria (Hch 8, 4-8) y del funcionario etíope (Hech 8, 26-40); a no ser que las tradiciones sobre personajes distintos que llevaban el mismo nombre, hayan terminado confundiéndose.

En el pasaje evangélico, el apóstol Felipe hace a Jesús una petición audaz e inusitada: “Señor, muéstranos al Padre y eso nos basta”. Nada menos, como si a Dios se le pudiera mostrar aquí o allá, como se muestra a una persona o a una cosa cualquiera. Como si Dios pudiera ser contemplado con nuestros ojos mortales, cuando en el Antiguo Testamento es constante en afirmar que quien vea a Dios, necesariamente morirá (Éx 33, 20; Is 6, 5).

Pero, con su audacia, el apóstol Felipe ha hecho que Jesús nos revele el verdadero rostro de Dios: “quien me ha visto a mí ha visto al Padre”. Conocer a Jesús, escuchar sus palabras, vivir sus mandamientos, equivale a conocer plenamente a Dios, a contemplar su rostro amoroso reflejado en la bondad de Jesucristo, en su misericordia y amor hacia los pobres y sencillos.

De Santiago el menor sabemos que llegó a ser líder de la comunidad cristiana de Jerusalén, hasta los difíciles años anteriores a la guerra judía contra Roma. Él representaba al cristianismo judaizante de los primerísimos tiempos, apegado todavía al culto del templo, a la reunión sinagogal, a la observancia del sábado y demás tradiciones judías. De Felipe casi no sabemos nada. La memoria litúrgica de la Iglesia los unió posteriormente, cuando en el siglo VI fue inaugurada la basílica de los doce apóstoles, en la ciudad de Roma y se depositaron en su altar principal supuestas reliquias de estos dos personajes.

Pero ambos apóstoles nos recuerdan a todos nosotros, la necesidad de anunciar el misterio de Cristo, muerto y resucitado. Una tarea a la que somos llamados, tanto los presbíteros como ustedes los seminaristas, habiendo experimentado en nuestra vida la cercanía de Jesús, el rostro vivo del Padre, aquel quien nos lo ha dado a conocer, pues es su Hijo amado e imagen visible de su ser, como enseña San Pablo (Col 1,15).

El tiempo de la formación al ministerio sacerdotal es un tiempo de profunda intimidad con Cristo, como los apóstoles en la noche del Jueves Santo, aquella noche de despedida y de confidencias del Señor, en el que podemos experimentar su rostro, su presencia  y su consuelo en momentos difíciles, como los vivieron sus testigos, la víspera del aquel primer Viernes Santo,  así como también la certeza de su resurrección victoriosa, de la cual somos sus cualificados evangelizadores, tarea a la que también han de prepararse ustedes, queridos muchachos, con ilusión, esmero y renovadas fuerzas cada día.

Cristo no está en el sepulcro, ha resucitado. Ha manifestado su poder y su gloria; ha cumplido su promesa; ha vencido a la muerte, al pecado y al mal en todas sus formas. Y así, a todos los que creemos en Él, nos ha abierto las puertas del cielo, nos ha salvado y nos hace capaces de vivir una vida nueva y serena, apacible y feliz. ¡Alegrémonos, pues y regocijémonos en el Señor, porque Cristo ha resucitado! Esta es la buena nueva, dice San Pablo, esto es lo que les anuncié, afirma, y esto es lo que debemos transmitir al mundo y a la sociedad, con el entusiasmo de Felipe y Santiago, los primeros discípulos apóstoles, testigos de la resurrección.

¿A qué han venido, ustedes seminaristas, acá al seminario?” El seminario tiene como objetivo ir modelando al futuro sacerdote. Por ello, se debe seguir la recomendación de San Pablo en sus cartas: hacer memoria de Cristo resucitado (2 Tim 2,8-13). Ustedes seminaristas, deben hacerlo con la vida, el pensamiento, las palabras y sus acciones.

Todos los seminaristas, acompañados de los formadores, tienen que ser testigos de Cristo resucitado, para ello, están las dimensiones de la formación sacerdotal las diversas áreas de la formación. Y el seminarista, tanto de la Sede de Paso Ancho mayor como del seminario introductorio, debe asimilarlo en su proceso para que no tome el seminario como una simple institución, sino como un tiempo de formación, que le ofrece la Iglesia, en el camino y descubrimiento de su vocación que lo conduzca a la configuración con Cristo.

Querido jóvenes: sean testigos del Resucitado. Porque debemos ser buenos cristianos primero que nada. Incluso para ser buenos sacerdotes, debemos ser primero buenos cristianos haciendo memoria del Resucitado. Háganlo aquí en el seminario, en el estudio, la oración, la celebración diaria de la Eucaristía, el deporte, el trabajo y el descanso, así como en el compartir en comunidad. Que la Santísima Virgen María Reina de Los Ángeles, modelo de escucha a Dios interceda por nosotros.  Que así sea.

Homilía en la Misa de despedida de las Hermanas Oblatas en Siquirres

(Por el Pbro.  Eduardo Ramírez, Vicario General de la Diócesis de Limón)

Hoy, en el contexto de la celebración de la Pascua, nos hemos dado cita, para celebrar el don del Resucitado, y proclamar al mundo, éste, que es el Misterio fundante de nuestra fe. Y en este marco, como comunidad eclesial, para dar gracias a Dios porque, nuestra Iglesia diocesana fue bendecida por mas de cincuenta años, con la vida y acción apostólica de las hermanas Oblatas de la Providencia aquí en Siquirres, pero aún más allá en la comunidad de Limón desde donde han sabido extender su ímpetu evangelizador a toda nuestra Iglesia particular.

Desde aquel lejano 3 de marzo de 1964, que coronó, con la llegada de las primeras hermanas a Siquirres, las proféticas gestiones del Padre Roberto Evans; hasta nuestros días, las hermanas en medio de nosotros fueron testigos, de la presencia viva del Resucitado, en ambientes, circunstancias, y en tiempos en los que muchas veces, como en el camino de Emaús, su presencia parecía esconderse en el aparente fracaso de la Cruz. Esto para decir que su historia entre nosotros, estuvo marcada por la renuncia, la entrega sacrificada, la acción sin tregua en tantas comunidades que no permitía el cansancio, largas caminatas, y hasta travesías en bote, una acción catequética y educativa constante, y un testimonio silencioso que desde la sencillez luchó por la promoción de tantas personas, y por su evangelización.

La Palabra de Dios nos permite hacer una lectura que, desde la fe, hace brillar lo extraordinario de esta historia compartida, que sin duda ha sido historia de Salvación.

La lectura de los Hechos de los Apóstoles, pone de relieve tres datos que nos sirven de referencia para captar la realidad más profunda de nuestra gratitud a Dios: el primero, la desproporción entre la fuerza del Resucitado y lo que ella desencadena; y los medios pobres con que aparecen sus testigos ante el pueblo expectante y sediento de una novedad que sea capaz de dar sentido a su vida; el segundo, la contradicción evidente entre la acción evangelizadora y el encerramiento de un mundo que parece negarse a acoger la luz que proviene del Resucitado, aunque sin poder ahogar su potencial: “Él era la luz verdadera, la luz que ilumina a todo hombre, y llegaba al mundo… Vino a su propia casa, y los suyos no lo recibieron; pero a todos los que lo recibieron les dio capacidad para ser hijos de Dios”. El tercer dato, el que pone de relieve, cómo para el que ha sido llamado a ser testigo del resucitado, no hay ninguna fuerza o condición adversa, que pueda doblegar el anhelo de fidelidad al proyecto de Dios.

Estos datos son acentuados por el texto del Evangelio, en el que de frente a la incredulidad de quienes reciben el anuncio gozoso de que el Señor vive, parece levantarse como un muro infranqueable, la incredulidad de quienes lo reciben con dureza de corazón; pero que más allá de las dificultades termina reiterando el envío que el Señor hace de los suyos: “Vayan al mundo entero y proclamen el Evangelio a toda la creación…”.

 Se delinea de esta forma la misión de la Iglesia, que no consiste en otra cosa, sino en extender la luz del Resucitado, en saber penetrar toda realidad con la fuerza vital del misterio de su Pascua, abriendo tantos sepulcros que esperan que las piedras que les encierran puedan ser removidas; animando el camino de quienes caen rendidos bajo el peso de sus decepciones y de las heridas que la vida les dejó; dilatando corazones al despertar en ellos el nuevo ardor de la esperanza; proclamando simple y llanamente que sobre la Cruz venció la vida… esa ha sido la misión de las Hermanas Oblatas de la Providencia en medio de nosotros.

Si me pusiera a enunciar cada nombre, de todos los que a lo largo de estas mas de cinco décadas han entretejido esta experiencia pascual, correría el riesgo de omitir involuntariamente alguno; si me pusiera a narrar la tarea que cada una ha realizado a lo largo d esta historia, sin duda me quedaría corto.

No obstante, les pido que me permitan señalar, tres acciones fundamentales, que desdoblaron durante su permanencia entre nosotros, el carisma fundacional de las Oblatas de la Providencia: la animación de la vida en las comunidades; la acción catequética y la promoción integral de las personas. De una u otra forma, creo que la inmensa labor de tantas hermanas, de una u otra forma, dice referencia a estos tres ejes, que hoy siguen cobrando vida en nuestro 4° PDP.

Y quisiera, sin querer excluir a ninguna hermana del pasado o del presente, sino recogiendo lo que cada una de ellas ha sembrado en nuestros surcos y que son ahora el motivo de nuestra gratitud, hacer mención de tres nombres, cada una de ellos vinculada de una manera singular a uno de estos tres ejes, y que en sus vidas recogen la vida y el espíritu de todas las hermanas:

La hermana Rosario San Martín y Pan, una de las hermanas fundadoras que llegó a Siquirres aquel lejano 3 de marzo de 1964, y cuya huella sigue latiendo en tantas comunidades que incansablemente animaba, y a las que se desplazaba, desafiando caminos y sin que la detuviera ni el tiempo ni la distancia. Animadora de comunidades y formadora de animadores de comunidad, supo impregnar del espíritu del Concilio la vida de nuestra Iglesia, cuando apenas comenzaban a conocerse los frutos de una nueva forma de vivir la Iglesia en comunión y participación. El primer plan de pastoral del Vicariato Apostólico de Limón comenzó a recoger muchas de las semillas por ella plantadas, y está marcado por su huella.

La hermana Virginia Oña, tan querida y recordada en esta comunidad comunidad de Siquirres, catequista infatigable, formadora de tantos catequistas, e incansable apóstol que se sabía enviada a anunciar la buena nueva, y a ello se dedicaba a tiempo y a destiempo. La renovación catequética de nuestra Iglesia diocesana, tiene a la hermana Virginia entre un grupo de grandes catequistas que hicieron brillar la enseñanza de la fe, por su pasión y dedicación sin límite a generar procesos de crecimiento en la fe.

Finalmente la hermana Henrietta Luaces Bonhora, vinculada de manera singular a la labor de promoción desde la Caritas y Pastoral Social diocesana, que con tesón y dinamismo, se esforzó por poner de relieve la dimensión social del Evangelio haciendo viva la Palabra de Jesús: “Lo que hicieron con uno de mis más pequeños hermanos, conmigo lo hicieron” .

Ni sólo a esto se dedicaron estos tres baluartes de la evangelización, ni sólo ellas se dedicaron a estos. Sino que esta ha sido la tarea de todas las hermanas a lo largo de estas décadas, que en ellas tres quise recoger.

No en vano el Evangelio recoge lo que el Papa Francisco ha querido poner de relieve al elevar a María Magdalena en su fiesta litúrgica al nivel de los otros apóstoles. La obra evangelizadora no hubiera tenido su empuje inicial, sino hubiese sido por el impulso de la primera gran apóstol. Al genio femenino que en María Magdalena encuentra un real testigo debemos en gran medida el que el Evangelio siga convocando a los hombres y mujeres de todos los tiempos a la gran revolución de la ternura.

También entre nosotros, la tarea evangelizadora ha sido marcado por el  talante de la mujer, ejemplo vivo de ello son las hermanas Oblatas de la Providencia, de ayer y de hoy, por las que damos gracias infinitas a Dios.

Homilía Misa Crismal 2018

Bienvenidos a esta celebración hermanos sacerdotes, diáconos, seminaristas, consagrados y laicos venidos de toda nuestra diócesis para esta Santa Misa Crismal y todos aquellos que nos sintonizan a traves de Radio Casino, Bahía y Nueva.

La Misa Crismal, que siempre se celebra cercana a la Pascua, es tenida como una de las principales manifestaciones de la plenitud sacerdotal del obispo y como un signo de comunión de sus presbíteros con él. Siempre es presidida por todo obispo diocesano y concelebrada por su presbiterio.

Esta celebración, que nos reúne cada año en la Semana Santa, nos hace recordar elementos fundamentales de nuestra vida. Es una celebración que nos guía a la puerta misma del Santo Triduo Pascual; es precisamente de este Triduo de donde proviene toda la fuerza de lo que esta mañana vamos a realizar: la consagración del Santo Crisma y la bendición de los óleos de los catecúmenos y de los enfermos, que van a ser utilizados en toda la diócesis, como canales de la misericordia del Señor en la celebración de los sacramentos. Es una celebración que nos une como pueblo sacerdotal, profético y real.

Y para quienes hemos recibido la unción del crisma, de modo particular el día de nuestra ordenación sacerdotal, nos ayuda a hacer nuestra aquella exhortación del apóstol Pablo a Timoteo: “reaviva el don de Dios que hay en ti por la imposición de mis manos” (2 Tim 1,6); y nos hace conscientes de pertenecer a una realidad muy hermosa: a esta Iglesia de Limón y a este presbiterio diocesano, que unido a su obispo, hoy quiere renovar su entrega generosa al servicio del pueblo de Dios, confiados en la Palabra de Aquél que nos llamó, nos capacitó para el ministerio y nos sostiene diariamente con su gracia.

La primera lectura de este día, comienza con las siguientes palabras del profeta: “El Espíritu del Señor está sobre mí, porque el Señor me ha ungido y me ha enviado a dar la buena noticia a los pobres” (Is 61, 1-3). Estas palabras del profeta Isaías se refieren, ante todo, a Jesús, el Ungido de Dios por excelencia. “Hoy mismo se ha cumplido este pasaje de la Escritura que ustedes acaban de oír” (Lc 4, 21). Así comenta él mismo, en la sinagoga de Nazaret, el anuncio profético de Isaías. Todas las prefiguraciones del sacerdocio del Antiguo Testamento encuentran su realización en él, único y definitivo sacerdote y mediador entre Dios y los hombres.

Como ungidos y consagrados, todos los cristianos estamos llamados a dejar que el don de la nueva vida de la gracia, recibida en el sacramento del Bautismo, se desarrolle en nosotros mediante una fe viva en el Dios vivo, que viene a nuestro encuentro y nos ofrece su amistad y su amor en su Hijo; una fe personal en comunión con la fe de la Iglesia, que se alimenta en la oración y en la participación frecuente en los sacramentos de la Eucaristía y de la Reconciliación; una fe que es viva si actúa en la caridad. Todos los bautizados hemos sido ungidos para ser enviados a anunciar la Buena nueva que es Jesucristo. Nuestra vocación es ser discípulos misioneros del Señor.

En otro nivel distinto, los sacerdotes o presbíteros, por una unción muy especial, hemos sido ordenados para ser ministros de Cristo y del Pueblo santo de Dios; es decir, servidores que pastorean al pueblo sacerdotal, que anuncian la Buena nueva y ofrecen el sacrificio eucarístico a Dios, en nombre y en la persona de Cristo; somos sacerdotes no en provecho propio, sino para servir al sacerdocio bautismal de todo el pueblo santo de Dios.

Queridos sacerdotes. Somos servidores, no dueños ni amos del Pueblo santo de Dios. Estamos llamados a servir a todos los bautizados para que vivan su sacerdocio común; es decir, su unción y vocación bautismal, ofreciéndoles en nombre de Cristo la Buena nueva que les lleve al encuentro personal y transformador con Él y a su seguimiento en la comunidad cristiana; estamos enviados para ayudarles a descubrir o redescubrir la vocación a la alegría del amor de Dios y de amar a Dios y a los hermanos

Somos ungidos y enviados para acompañarles personalmente en su existencia y vida cristiana concretas: en las alegrías y en las penas, en los gozos, en las dificultades y en las crisis; ellos necesitan y reclaman nuestro testimonio y apoyo para hacer de su vida una ofrenda a Dios y una entrega a los demás, en la vocación concreta de cada uno; en una palabra, estamos llamados a servirles para que sean discípulos misioneros del Señor.

Quiero, en este sentido, agradecer la entrega que todos los días hacen por nuestro amado pueblo de Limón. Ser testigo directo de sus desvelos, muchas veces silenciosos, por la evangelización me conmueve y me hace darle gracias a Dios por su ministerio, ejercido a menudo en condiciones difíciles, donde siempre saben sacar lo mejor de su corazón de pastores.

En mis visitas a las parroquias aprecio la confianza y el cariño hacia su obispo, pero también su sinceridad para hablar de las situaciones difíciles por las que pasan, a nivel personal y pastoral. Agradezco que quieran resolverlas junto a quien ha sido puesto por Dios como cabeza de esta Iglesia particular, pero también como padre y amigo de cada uno de ustedes.

Hermanos, para ser servidores de la unción bautismal de los fieles, los pastores debemos dar un testimonio coherente de vida, hemos de vivir con fidelidad el don y misterio que hemos recibido. Nuestra fidelidad reclama no sólo conservar y perdurar en el tiempo, sino mantener el espíritu atento para crecer en fidelidad alejándonos de todas las tentaciones y las distracciones que pueden oscurecer nuestro servicio en la Iglesia.

La fidelidad al ministerio, siempre delicada, se ha vuelto más difícil, como bien sabemos, en nuestros días; y, sobre todo, se ha vuelto más difícil hacerlo con frescura y entrega generosa. Por eso, esforcémonos cada día por parecernos cada vez más al Señor en servicio, oración, cercanía y santidad.

¡No demos cabida en nuestras vidas a cualquier forma de desgano o hastío! ¡Evitemos caer en la rutina, la mediocridad o la tibieza, que matan toda clase de amor! ¡Acojamos la invitación del Señor a vivir con radicalidad evangélica el don y el ministerio recibidos! ¡Seamos responsables en nuestras tareas, serios y maduros en nuestra vida afectiva, preocupados por la oración, atentos a las necesidades de la comunidad cristiana y fieles a la misión de anunciar a todos el Evangelio!

Soy conocedor como ustedes, de las dificultades internas y externas en el proceso de la iniciación cristiana y en el crecimiento en la fe de niños, adolescentes y jóvenes; como también conozco de las dificultades de los matrimonios y familias ya constituidos para acoger y vivir la vocación al matrimonio y a la familia cristiana.

Me preocupa -y nos preocupa-, especialmente, el alejamiento de la fe y vida cristiana y de la Iglesia de tantos cristianos adolescentes, jóvenes y adultos, máxime ahora que la Iglesia Universal se prepara a celebrar la Jornada Mundial de la Juventud, en Panamá, Dios mediante. Esto no nos puede ser indiferente. Pese a todas las apariencias al joven y al hombre de hoy, les sigue interpelando la verdad y el sentido de vida que es y que ofrece Jesucristo.

El joven -el hombre y la mujer de hoy, se asemeja muchas veces a aquella samaritana que desea llenar su cántaro y su vida del agua viva; pero ni sabe lo que busca, ni conoce el agua viva y, así, sigue rodeándose de “maridos” que, en realidad, no son el suyo (Jn 4,17). Como pastores necesitamos ser cercanos y conocer a nuestros adolescentes y jóvenes; y hemos de amarlos -nunca despreciarlos- con el afecto del Buen Pastor, siendo testigos trasparentes de Él, para ofrecerles con verdadera pasión a Dios y a Cristo, el Camino, la Verdad y la Vida.

Queridos hermanos sacerdotes: en breves momentos vamos renovar nuestras promesas sacerdotales. Se trata de un rito que cobra su pleno valor y sentido, precisamente como expresión del camino de santidad, de fidelidad y de ardor apostólico, al que el Señor nos ha llamado por el camino del sacerdocio y del servicio pastoral. Cada uno de nosotros recorre este camino de manera muy personal, sólo conocida por Dios, que escruta y penetra los corazones.

Con todo, en la liturgia de hoy la Iglesia nos brinda la consoladora oportunidad de unirnos y sostenernos unos a otros, en el momento en que, a las preguntas del obispo, contestamos todos a una sola voz, diciendo: “Sí, quiero”. Esta solidaridad fraterna, no puede por menos que transformarse en un compromiso concreto de ser cercanos los unos a los otros, en las circunstancias ordinarias de la vida y del ministerio. No nos puede ser indiferente ningún hermano sacerdote.

Dios es siempre fiel. Él nos ha llamado, ungido y enviado. Y no se arrepiente de ello. Acojamos su fidelidad con la nuestra. La fidelidad que le frecemos al Señor, antes que respuesta nuestra a Dios, es fruto de la fidelidad de Dios hacia nosotros. No es tanto fruto de nuestra perseverancia, sino más bien como regalo de la gracia, como enseña San Agustín.

Por eso, siguiendo la invitación del salmo 88, cantemos una y otra vez las misericordias del Señor: cantemos su amor misericordioso con redoblada alegría en esta mañana, en que celebramos la fiesta de todo el Pueblo de Dios al contemplar hoy el misterio de la unción, que marca la vida de todo cristiano desde el día de su bautismo; y también de manera especial, de todos nosotros, hermanos en el sacerdocio, ungidos y ordenados presbíteros para el servicio del pueblo de Dios, que peregrina en Limón.

Que a todos nos sostenga la santísima Virgen María, Madre del Señor y Madre de los sacerdotes. Que Ella nos obtenga a nosotros, frágiles vasijas de barro, la gracia de llenarnos de la unción divina. Dóciles al Espíritu del Señor, seremos ministros fieles de su Evangelio y del Pueblo santo de Dios. Que así sea.

Mons. Javier Román Arias

Obispo de Limón

La Virgen María, madre del buen consejo

Queridos hermanos y hermanas.  Hemos peregrinado desde nuestra amada Diócesis de Limón para ponernos a los pies de la Negrita de los Ángeles. Siempre es una alegría llegar a la casa de la mamá y sentirnos abrazados por su amor incondicional.

Por generaciones, los costarricenses hemos venido a este Santuario para pedir la intercesión de la Virgen, para atestiguar sus favores y para dar gracias con el corazón conmovido por tanto amor.

Por eso, venimos con fe y alegría, a poner nuestros anhelos, esperanzas e ilusiones, al igual que nuestros sufrimientos, para que ella, como buena intercesora ante su Hijo Jesucristo, pueda hablarnos con la experiencia de madre.

Las lecturas que hemos escuchado, nos recuerdan que con razón los cristianos llamamos desde hace siglos con el título de “Madre del Buen Consejo” a la Virgen María.

Ella vivió siempre guiada por el Espíritu de Consejo, y nos aconseja hoy a nosotros como lo hizo en las bodas de Caná, hacer siempre lo que Jesús nos diga.

Por eso, en el texto del libro de los Hechos de los Apóstoles, escuchamos cómo la primera comunidad cristiana se va formando bajo la maternidad de María.

Los que fueron testigos del acontecimiento de la Ascensión del Señor, regresan a Jerusalén para prepararse a la llegada del Espíritu Santo, en ambiente de oración y meditación: Destacan los apóstoles, las mujeres, los parientes del Señor, pero sobre todo María, la madre de Jesús…

La obra y la presencia de María, no había terminado en el Calvario, al pie de la cruz de su Hijo. Los apóstoles formaban la primera Iglesia. Y María era la madre de esa Iglesia. ¿Cómo no iba a estar María ahí? Ciertamente María, no pertenece al grupo de los apóstoles, pues no ocupa un lugar jerárquico, pero es presencia activa y animadora de la oración y la esperanza de la comunidad.

La presencia de María, allí en el cenáculo, es solidaridad activa con la comunidad de su Hijo. Ella es la que, con mayor anhelo y fuerza implora la venida del Espíritu Santo. Su vida está jalonada de intervenciones del Espíritu Santo, quien la cubrió con su sombra y obró en ella la encarnación del Hijo de Dios.

Al recibir, una vez más, la Virgen María al Espíritu Santo en Pentecostés, recibe la fuerza para cumplir la misión que de ahora en adelante tiene en la historia de la salvación: María, Madre de la Iglesia.

Todo su amor y todos sus desvelos, son ahora para los apóstoles y discípulos de su Hijo, para su Iglesia que es la continuación de la obra de Jesús. Ella acompaña la difusión de la Palabra, goza con los avances del Reino, sigue sufriendo con los dolores de la persecución y las dificultades apostólicas.

María en el cenáculo es la Reina de los apóstoles, el trono de la sabiduría que les enseñaba a orar y a implorar la venida del Espíritu, era la causa de la alegría y el consuelo de los afligidos, y por eso les animaba y aconsejaba.

María, primera seguidora de Jesucristo, nos ofrece a Jesús en su regazo como maestro, camino, verdad y vida. En efecto, a María nuestra Madre, la podemos invocar como “Madre del Buen Consejo”: es Madre de Cristo, a quien  el profeta Isaías llamó proféticamente “Maravilla de Consejero»

Es así como hoy queremos celebrarla, como la Madre y Maestra que, enriquecida con el don de consejo, proclama de buen grado lo mismo que pregona la sabiduría del Antiguo Testamento: “Yo poseo el buen consejo y el acierto, son mías la prudencia y el valor” (ver  Prov 8, 14).

 

Una mirada a nuestra realidad

No podemos negarlo, vivimos en una sociedad que camina en tinieblas, que en muchos aspectos ha perdido el rumbo y que necesita dirección, ¡qué diferente sería todo si siguiéramos el consejo de la Santísima Virgen y le hiciéramos caso a Jesús!

Tendríamos un mundo en paz, con justicia y solidaridad, todos seríamos verdaderamente hermanos, nadie pasaría hambre ni estaría abandonado. El perdón y el amor marcarían nuestras relaciones humanas, no tendríamos entre nosotros odios, envidias ni rencor.

Venimos hoy como iglesia diocesana a las plantas de nuestra amada Virgen de los Ángeles para pedirle su consejo, confiados en que acudirá a nuestra necesidad, como lo hizo en el cenáculo, reuniendo y dando valor a los discípulos para la misión.

Le pedimos que nos ayude a hacer de Limón una provincia nueva, donde se vivan los valores cristianos y las enseñanzas de la Iglesia. Un Limón transfigurado en el que las familias se reencuentren, donde luchemos juntos para recuperar la paz, donde rechacemos el narcotráfico y sus consecuencias, donde trabajemos para conservar nuestros recursos naturales, procuremos calidad de vida para todos y nos sintamos parte de una Iglesia viva, cercana y misericordiosa.

Como hijos, le traemos hoy a la Virgen nuestras penas y preocupaciones.

Ponemos en el altar a nuestros indígenas, excluidos por siglos de los beneficios del desarrollo, acallados, explotados y marginados. Traemos también la dura realidad de las personas en situación de calle, a las víctimas de la violencia y las drogas, a los desalojados, desempleados y a todos aquellos que sufren por una u otra razón.

Como saben, he asumido el compromiso de acompañar de modo particular a nuestras comunidades indígenas. En nuestras montañas de Talamanca nacen y mueren niños por causas prevenibles, hay hambre, desnutrición, desempleo, faltan escuelas, acueductos y caminos. Nuestros indígenas viven rodeados de naturaleza, es su ambiente y su cultura, pero de eso a la miseria que yo he visto con mis propios ojos, hay una gran distancia.

Acaba de establecerse que la educación preescolar es obligatoria en el país, ¡pues que lo sea también para nuestros niños indígenas! Que lleguen a ellos los comedores escolares, mejores escuelas y atención médica permanente.

Hay esfuerzos, nadie lo niega, pero se puede hacer más. Hay que capacitar a los funcionarios de la salud en las lenguas y las costumbres nativas, construir puentes en puntos claves, generar emprendimientos y proyectos productivos.

Es una pena ver como el cantón de Talamanca, con toda la riqueza humana y natural que posee, es el número 80, entre 81, en el Atlas del Desarrollo Humano Cantonal (2016). Falta visión, falta compromiso y responsabilidad de las instituciones y de la misma Iglesia con ésta gente.

De hecho, en el índice mencionado, Limón reporta a todos sus cantones por debajo del promedio nacional, una situación explicable en la precariedad del empleo en la provincia: de acuerdo a la Encuesta Continua de Empleo, la informalidad ronda el 40% de la población ocupada en la región, es decir, se trata de personas cuyos ingresos son menores a los de un salario mínimo y por lo tanto no pueden ni siquiera cubrir sus necesidades básicas de alimentación, vestido o vivienda.

Y no es algo nuevo. La Encuesta Nacional de Hogares muestra como la pobreza extrema de la región Caribe pasó de 7,5% en el 2010 a 11,1% en el 2015. Lleva razón quien afirma que la pobreza es una semilla que halló en la zona atlántica un terreno fértil para germinar y crecer con más vigor que en cualquier otra región del país.

Esta realidad tiene que sacudir los corazones y mover a la acción a las instituciones públicas, el gobierno central, las municipalidades, las asociaciones indígenas y las organizaciones no gubernamentales que operan en la provincia.

 

Los limonenses merecemos respeto

Todos nos alegramos por el anuncio de nuevos proyectos en nuestra provincia, modernas construcciones y carreteras, pero siempre hay quienes pierden con todo esto. No nos olvidemos de los que quedarán desempleados, no posterguemos la solución para el próximo gobierno, busquemos juntos nuevas oportunidades para que sigan llevando sustento a sus familias.

Aparte de la carretera y el nuevo puerto, se habla de una Zona Franca en Siquirres, de un nuevo aeropuerto internacional en Matina, del desarrollo de residenciales y condominios en Moín, de centros comerciales, marinas y nuevas industrias… solo el tiempo dirá si se trata de palabras que el viento se lleva o de verdaderos proyectos para incentivar el desarrollo y el trabajo a nuestra provincia.

Hace unos años hablaban de Limón Ciudad Puerto, de miles de millones de dólares en inversión, de proyectos económicos de gran envergadura, de apoyo a las iniciativas culturales y al turismo… ¿Y en qué quedó todo eso? ¡Los limonenses merecemos respeto! ¡No más palabras! ¡Queremos acciones!

Otro tema que presentamos esta mañana a La Negrita de los Ángeles es la violencia que sigue llevando luto y dolor a nuestras familias limonenses. Sabemos que hay un tema delicado de por medio, como es el tráfico de drogas, ante el cual es necesario redoblar, desde todos los flancos, una lucha frontal y decidida, que comienza en las familias, pero que incluye también la necesidad de una mayor respuesta de parte de los cuerpos policiales a este problema.

Nuestras familias y hogares tienen que ser faros de paz, lugares donde siempre queramos llegar porque encontramos tranquilidad, amor y ternura. Donde encontremos comida y cariño, donde los problemas se resuelven en paz, hablando y llegando a acuerdos.

En hogares así no hay espacio para que penetren los vicios y todo lo que conlleva ello. Tenemos que blindar nuestras familias con amor, darles a nuestros hijos razones para levantarse y querer ser mejores personas, haciendo sentir en sus vidas el amor y la misericordia de Dios.

El año pasado los limonenses nos manifestamos con fuerza en una marcha a favor de la paz y la convicencia social. ¡Los limonenses queremos paz! ¡merecemos paz! deseamos vivir sin la amenaza de quedar en medio de un tiroteo, de un asalto o un ajuste de cuentas.

Solo en el 2016, según datos del Organismo de Investigación Judicial, murieron 116 personas de forma violenta en Limón.

Es una guerra la que se libra en nuestra provincia a causa principalmente del tráfico de estupefacientes. Jovenes limonenses… a ustedes les hablo de frente, ¡cuidado con caer en las trampas de las drogas! ¡cuidado con creer que nada les va a pasar! ¡rechacen cualquier tentación de dinero fácil, esfuércense, estudien y salgan adelante de modo honesto y legal!

Cuando alguien se acerque y les ofrezca una vida fácil a cambio de involucrarse en asociaciones ilicitas, recuerden todos estos muertos, los cientos de encarcelados, el dolor de sus padres y las oportunidades truncadas por no haber dicho con firmeza que NO en su momento.

Que en nuestras pastorales juveniles,  grupos de pastoral familiar, catequesis y en cada una de nuestras predicaciones insistamos en esto: a Limón lo sacamos todos adelante, cada uno haciendo lo suyo, ayudándonos mutuamente, porque ¡unidos a Cristo somos invencibles!

 

 La esperanza no defrauda

 La generación de empleo y educación crean gran expectativa en Limón. Esto supone una luz para esta población que espera con ansias el crecimiento y el desarrollo que les ha dado la espalda por años.

Deseamos en limón, no solo la presencia de más empresas, sino también la presencia de más centros de estudio,  como lo son las universidad públicas y privadas. Con su llegada, miles de jóvenes podrán profesionalizarse y hacer frente a los nuevos retos que están por llegar a limón.

Si se logra generar el empleo en la zona, será beneficioso para todos los hogares, por eso es importante que quienes lleven las riendas de este país, se pongan la mano en el corazón,  para invertir no solo en mega puertos, sino también en temas de educación técnica y de la enseñanza de otros idiomas, para que los jóvenes puedan responder a las demandas de las inversiones  se dice se generarán.

Por eso,  quiero decirles mis queridos limonenses que:  ¡La esperanza no defrauda! Pues,  esta es la raíz de nuestra seguridad, la raíz sobre la cual pondremos todos nuestros esfuerzos para tener un Limón nuevo.

Y con esta esperanza, debo decir en justicia también, que no debemos esperar que todo nos caiga del cielo. Hagamos lo propio, esforcémonos, tengamos ilusiones nuevas y trabajemos por un futuro mejor.

 

 El caminar de nuestra Iglesia

Nuestra Iglesia en Limón tiene en su IV Plan Diocesano un norte. Deseamos vivir y promover en todos los agentes de pastoral una profunda conversión personal y pastoral, para que, con actitud de discípulos y misioneros podamos recomenzar, desde Cristo, una vida nueva en el Espíritu, teniendo siempre presente a los hermanos más necesitados.

Queremos impulsar en la Diócesis de Limón la Nueva Evangelización, que desde el encuentro personal y comunitario con Jesucristo vivo, forme  discípulos misioneros, que guiados por el Espíritu Santo respondan a la realidad presente colaborando en la construcción del Reino.

Buscamos hacer que las comunidades, y movimientos eclesiales se pongan en estado de misión permanente, a fin de llegar a los sectores más alejados de la Iglesia, a los pobres, a los indiferentes  y a los no creyentes.

Además, destacar que la vida plena en Cristo es una realidad que se comparte en el servicio a la sociedad y a las personas, para que puedan crecer y superar sus interrogantes, penalidades y conflictos con un profundo sentido de humanidad.

Lo hacemos confiados no en nuestras fuerzas, sino en el impulso de Cristo Jesús, Señor de la Historia, y contando siempre con el consejo y la protección maternal de Nuestra Madre Bendita La Negrita de los Ángeles, a quien hoy aquí en su Santuario dejaremos un ejemplar de nuestro Plan Pastoral Diocesano, con la intención de que nos guíe en su aplicación

Queridos hermanos, deseo terminar esta homilía, con la siguiente oración a Nuestra Señora del Buen Consejo:

 Madre del Buen Consejo, dirige tu maternal mirada sobre nosotros.

Deseamos imitarte y seguirte para aprender a tratar y amar a Jesús,

Señor de nuestra existencia.

 El será nuestro tesoro, que mostraremos con gozo a la humanidad.

Por eso te necesitamos:

“Ven con nosotros”, guíanos, Tú, Madre del Buen Consejo

y acompáñanos en la búsqueda

de aquello que Tu Hijo ha pensado hoy

para cada uno de nosotros.

 Preséntanos a Jesús, enséñanos a escucharle

y a servirle donde Él nos necesite.

Recuérdanos el consejo que diste en las bodas de Caná:

“Hagan  lo que Él les diga”.

 Por eso Madre y Señora, sé tú la inspiración de nuestros pensamientos, la guía de nuestros pasos, la maestra de nuestra disponibilidad y la Madre y consejera de nuestra perseverancia.

 Amén.

 

Solemnidad de Nuestra Señora de los Ángeles, 2 de Agosto de 2017 en Cartago

Querido Pueblo Católico  de Costa Rica,  Señor Presidente de La Republica y Señora Primera Dama, Señor Nuncio Apostólico, Hermanos obispos,  religiosas y religiosos. Hermanas y Hermanos todos.

La Iglesia en nuestro país, hoy está de fiesta, porque celebra con fe y cariño a la Madre común, nuestra Negrita, a María invocada como Nuestra Señora de los Ángeles, a quien los costarricenses, cada año visitamos con fervor y devoción para agradecerle su intercesión amorosa y pedirle su protección maternal.

Hoy queremos unirnos a todos los peregrinos y a todos los costarricenses que han llegado a este Santuario como aquellos que han visitado los otros lugares dedicados a la Negrita -o que nos acompañan a través de los medios de comunicación social-, a rendirle homenaje y veneración filial a nuestra Patrona. Y, para ello, qué mejor forma de hacerlo que por medio de la escucha de La Palabra.

En el texto de la primera lectura que hemos escuchado, nos encontramos con el elogio que la sabiduría personificada hace de sí misma. Estamos en el centro de interés del libro del Eclesiástico. La sabiduría, como si fuera una persona, se alaba a sí misma. También habla en su nombre, el sabio que la posee.

La sabiduría nos presenta el proyecto de Dios sobre el mundo y los seres humanos. Va más allá de la razón humana, porque viene de Dios.

La Iglesia aplica este texto a María, la Madre de Jesús, al llamarla “Trono o Sede de la Sabiduría” ¿En qué sentido? María es sede de la sabiduría en el doble sentido carnal-biológico, porque llevó en su seno al Hijo de Dios, que es la sabiduría encarnada; y en el sentido ético-espiritual, porque acogió la Palabra de Dios, haciéndola objeto de amorosa custodia, en lo íntimo de su corazón.

Por eso, hoy la contemplamos como la mujer en la cual el Hijo de Dios se hizo hombre y, por medio de su maternidad divina, somos adoptados como hijos de Dios y hermanos de Jesucristo. Por medio de ese espíritu de adopción que hemos recibido, podemos llamar Abba a Dios, es decir, Padre y liberados de toda esclavitud, desde la redención de Cristo que, desde aquel primer Viernes Santo, nos la ha dado como Madre de la Iglesia y de la humanidad.

La contemplamos firme y, a la vez,  como madre dolorosa, al pie de la cruz del Señor. Viendo al Hijo agonizar y morir, María reviviría en sí misma la fe de Abrahán, el cual creyó que “Dios es capaz también de dar la vida a los muertos” (Heb 11,19; ver Rom 4,17).

La Escritura no da noticia de una aparición de Jesús resucitado a su madre. María, sin embargo, realizó otro tipo de visión en la fe. Ella había aprendido a recorrer su itinerario de fe pascual, ya desde el día en que el anciano Simeón, le había pre-anunciado el destino doliente de su Hijo.

Como enseñan nuestros pastores latinoamericanos en el documento de Aparecida: Con ella (María), providencialmente unida a la plenitud de los tiempos (cf. Gal 4, 4), llega a cumplimiento la esperanza de los pobres y el deseo de salvación.

 La Virgen de Nazaret tuvo una misión en la historia de salvación, concibiendo, educando y acompañado a su hijo hasta su sacrificio definitivo. Desde la cruz Jesucristo confió a sus discípulos, representados por Juan, el don de la maternidad de María, que brota directamente de la hora pascual de Cristo: “Y desde aquel momento el discípulo la recibió como suya” (Jn 19, 27).

 Perseverando junto a los apóstoles a la espera del Espíritu (cf. Hch. 1, 13-14), María cooperó con el nacimiento de la Iglesia misionera, imprimiéndole un sello mariano que la identifica hondamente. Como madre de tantos, fortalece los vínculos fraternos entre todos, alienta a la reconciliación y el perdón, y ayuda a que los discípulos de Jesucristo se experimenten como una familia, la familia de Dios. En María nos encontramos con Cristo, con el Padre y el Espíritu Santo, como asimismo con los hermanos… (DA p. 267).

 La Virgen María es bienaventurada tanto por haber dado a luz a su Hijo según la carne como por haber prestado fe a la Palabra del Señor. Incluso la misma maternidad divina fue consecuencia de su pronta obediencia al querer del Padre Celestial.

Ella llevó a Jesús, como decía san Agustín, antes en el corazón que en su vientre.

Tal es también la vocación de toda la Iglesia. También ella es llamada a escuchar y penetrar incesantemente el sentido de las Escrituras. Los signos de los tiempos, los acontecimientos del mundo en medio del cual vive y obra, especialmente cuando sopla la tempestad y todo parece naufragar; cada acontecimiento concreto, tanto en la historia de la Iglesia y del mundo como en la pequeña historia de cada creyente, nos sirve para confrontarnos con la palabra profética de Jesús: “Yo estoy con ustedes siempre…” (Mt 28,20).

 

Valores de la mujer que resplandecen en María

Siguiendo las huellas del Evangelio, es posible advertir valores de la personalidad femenina, que resplandecen en la figura de la Virgen María.

En primer lugar su capacidad de entrega a Dios. “He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según su voluntad” (Lucas 1:38). El consentimiento de María es una ofrenda total a Dios y manifiesta toda la fuerza de entrega, confianza y de amor, propia de la mujer.

En segundo lugar, su capacidad de entrega al prójimo. En el pasaje de la visita a Santa Isabel se manifiesta la capacidad de la mujer de entregarse al prójimo. María se fue con prontitud a la región montañosa de Judá y se puso al servicio de Isabel en el momento de su necesidad (Lucas 1:39). Por su riqueza interior y personal, por sus características, la presencia de la mujer tiene un influjo humanizante y santificador en beneficio de la persona, de la familia y de la sociedad.

En tercer lugar, su capacidad de iniciativa. Las bodas de Caná manifiestan la capacidad de intuición y de iniciativa de la mujer. Con osadía, María se dirige a Jesús y le convence para anticipar su hora. El milagro le revela como Salvador y suscita en los discípulos la fe que salva (Juan 2:11). La iniciativa de María obtiene un claro reconocimiento. Ella está llamada a tomar la iniciativa en la misión evangelizadora, así como el hombre.

En cuarto lugar su fortaleza en la prueba. En el momento del sufrimiento María manifiesta su fortaleza moral, su fidelidad absoluta y el seguimiento generoso al Señor. Junto a la Cruz ella testimonia que en los momentos dramáticos la mujer es constante, es fiel y es fuerte. En ella el amor al Señor es más fuerte que la turbación del dolor.

Junto a la Cruz, María es consagrada como cooperadora en la obra de salvación, con una misión de maternidad universal. El discípulo amado del Evangelio es símbolo de todos los discípulos que, amados por Cristo, reciben a María por madre. María influye en la generación espiritual de todos los discípulos de Cristo. Asimismo, la mujer es llamada a ejercer una misión de maternidad espiritual, en vista de la humanización y cristianización del mundo entero.

La figura de María ofrece así el modelo perfecto del discípulo del Señor. Ella es testigo del amor, que edifica a Cristo en los corazones.

 

María enaltece la dignidad de la mujer

El papel que Dios en su plan de salvación confió a María eleva la dignidad e ilumina la vocación de la mujer, en la vida de la Iglesia y de la sociedad de hoy.

Se trata de una función única, exigida por la realización del misterio de la Encarnación: la maternidad de María era necesaria para dar al mundo al Salvador, verdadero Hijo de Dios, pero también perfectamente hombre.

María, realizando esa forma de cooperación tan sublime, indica también el estilo mediante el cual la mujer puede cumplir concretamente su misión. Ante el anuncio del ángel, la Virgen no busca satisfacer ambiciones personales. San Lucas, nos la presenta como una persona que sólo deseaba brindar su servicio con total y confiada disponibilidad al plan divino de salvación.

Se trata del valioso servicio que tantas mujeres, siguiendo su ejemplo, han prestado y siguen prestando en la Iglesia para el desarrollo del reino de Cristo.

Pienso hoy en las madres, nuestras madres, que a pesar de las dificultades o situaciones dolorosas dijeron SÍ A LA VIDA. Igualmente, las madres que con paciencia y piedad nos transmiten el don de la fe, una fe sencilla, auténtica y arraigada en la vida.

Pienso tambien, en las esposas entregadas, esforzadas, trabajadoras, consejeras y guías seguras en los momentos de dificultad.

En las miles de agentes de pastoral y docentes que, superando obstáculos de todo tipo, donan con generosidad su tiempo y su conocimiento para orientar a nuestros niños y jóvenes en el amor a Dios y las enseñanzas de la Iglesia.

Las religiosas activas y de clausura que se gastan y se desgastan en la educación, la caridad, la salud, los proyectos de promoción humana entre aquellos que la sociedad aparta o desecha y las que ofrecen su oración por nosotros y el mundo entero.

Por último y no menos importantes, aquellas mujeres sin distingo de edad o condición, que en medio del mundo, los ambientes de trabajo, la política, la academia y la ciencia, contribuyen con su conciencia, espiritualidad y rectitud de vida a hacer del mundo un mejor lugar para vivir.

¡Gracias mujeres! ¡Gracias de todo corazón! ¡Qué sería de la Iglesia y del mundo sin ustedes!

 

Valor de la vida y la maternidad

La figura de María recuerda también el valor de la maternidad, y en ella, el infinito e innegociable valor de la vida humana. En el mundo contemporáneo no siempre se da a este valor una justa y equilibrada importancia.

Como nos recuerda el Papa Francisco, “las madres son el antídoto más fuerte ante nuestras tendencias individualistas y egoístas, ante nuestros encierros y apatías. Una sociedad sin madres no sería solamente una sociedad fría sino una sociedad que ha perdido el corazón, que ha perdido el sabor a hogar. Una sociedad sin madres sería una sociedad sin piedad que ha dejado lugar sólo al cálculo y a la especulación”. (Jornada Mundial de la Paz 2017)

Las madres, incluso en los peores momentos, saben dar testimonio de la ternura, de la entrega incondicional, y de la fuerza de la esperanza. No se dan por vencidas y siguen peleando hasta el final para darle lo mejor a sus hijos. ¡Qué sería de nuestra sociedad sin las madres!

A quienes no la conocen, los invito a visitar la Posada de Belén, una de las tantas obras sociales de la Iglesia en nuestro país, que nació para acoger y acompañar a las niñas a las que le fue robada su inocencia y que a pesar de todo dijeron, SI A LA VIDA EN SU VIENTRE.

En este lugar se acompaña, forma y capacita a estas madres adolescentes para que una vez cumplidos los 18 años, posean herramientas para salir adelante junto a sus pequeños.

Es nuestra manera de respaldar con obras la defensa de la vida desde la concepción y hasta la muerte natural. Actualmente hay 65 jóvenes y sus hijos, pero queremos duplicar o triplicar la capacidad en infraestructura para atender muchas más que se encuentran en esa situación.

Estas muchachas son ejemplo de la fuerza sobrenatural de las madres, que no es otra cosa que la gracia de Dios en sus vidas, que las empuja a dar siempre más de sí, a superarse, a tener valor y a conservar la fe a pesar de los problemas y dificultades.

 

María es modelo de esperanza cristiana

A ejemplo de la Virgen, las mujeres, al igual que los hombres, están llamadas a ser agentes de esperanza en medio del mundo. María no es una mujer que se deprime ante las incertidumbres de la vida, especialmente cuando nada parece ir por el camino correcto. No es mucho menos una mujer que protesta con violencia, o que injuria contra el destino de la vida cuando es hostil.

Es en cambio una mujer que escucha, que acoge la existencia así como se presenta, con sus días felices, pero también con sus tragedias, como cuando su Hijo fue clavado en el madero de la cruz.

Las madres no abandonan su misión y en aquel instante, a los pies de la cruz, ninguno de nosotros puede decir cual haya sido la pasión más cruel: si aquella de un hombre inocente que muere en el patíbulo de la cruz, o la agonía de una madre que acompaña los últimos instantes de la vida de su hijo amado.

Ella estaba ahí. Los evangelios no dicen nada de su reacción: si lloraba, si no lloraba… nada; ni mucho menos una pincelada para describir su dolor. Solo dicen: ella “estaba”. Estaba en el momento más difícil, y sufría con su hijo.

María,  no se fue y ni se va tampoco hoy. María está ahí, ¡está aquí! fielmente presente.

Conocemos el dolor de nuestras madres, traspasadas por la violencia, la pobreza y la exclusión social. Golpeadas por la falta de oportunidades, por el abandono y el peso desbalanceado de las responsabilidades del hogar.

Particularmente, en mis visitas a los pueblos de Telire,  he conocido el dolor de madres indígenas que ven morir a sus hijos por enfermedades que se podían prevenir, por falta de una atención médica más constante, por desnutrición y falta de condiciones mínimas para vivir.

Sufren porque las escuelas a las que van sus hijos son ranchos viejos, con piso de tierra y pupitres de troncos. Sufren porque saben que salen de sus casas con hambre y regresan con hambre, porque para ellos los comedores escolares están limitados por las dificultades para trasladar los alimentos.

Sufren porque ante la enfermedad y los embarazos tienen que cruzar ríos caudalosos. Para ellas no hay puentes ni caminos.

Hoy quiero que su voz resuene fuerte en todo el país. ¡Basta de abandono! ¡Basta de olvido y marginación! Su dolor es una obligación de todos los costarricenses, no solo de los funcionarios públicos y las instituciones, todos y cada uno debemos de implicarnos en esta causa, ¡EN ESTA COSTA RICA DESCONOCIDA!.

Sufren también nuestras madres agobiadas porque sus hijos han perdido el camino, porque han dejado que el mal penetre en sus corazones o porque están enfermos o sin empleo.

Sus oraciones NO serán ignoradas. Madres, no dejen de orar y de pedir por sus hijos. Dios las escucha y actuará según su voluntad.

La Virgen al pie de la cruz es una imagen icónica de valor y de fe. Ella está ahí por fidelidad al plan de Dios del cual se ha proclamado sierva desde el primer día de su vocación, pero también a causa de su instinto de madre que simplemente sufre, cada vez que hay un hijo que atraviesa una pasión.

 

Por esto todos nosotros la amamos como Madre y confiados venimos a pedirle su intercesión. No somos huérfanos, nos recuerda el Papa: tenemos una Madre en el cielo: es la Santa Madre de Dios que nos enseña la virtud de la esperanza, incluso cuando parece que nada tiene sentido.

Que en los momentos de dificultad, María, la Madre que Jesús nos ha regalado a todos nosotros, pueda siempre sostener nuestros pasos, pueda siempre decirnos al corazón: “Levántate. Mira adelante. Mira el horizonte”, porque Ella es Madre de esperanza.

AMÉN.

 

Monseñor Javier Román Arias

Obispo Diocesano de Limón

 

Homilía en el Día Diocesano de la Juventud, Domingo 9 de julio, 2017

Mis queridos jóvenes. Siento una gran alegría de estar hoy en medio de ustedes y dejar que me contagien de su energía y de su fuerza para transformar el mundo.

El Día Diocesano de la Juventud es un momento para celebrar la fe que nos identifica y por la cual llevamos adelante numerosas iniciativas desde las pastorales juveniles, con las cuales la Iglesia desea tener presencia e incidencia en el mundo de los jóvenes.

Habrán escuchado que se ha dicho que ustedes son el futuro de la Iglesia. Pues no, yo digo que son el presente de la Iglesia, el hoy de la evangelización que pasa por su determinación y por su creatividad.

Ustedes viven inmersos en una época de profundos cambios sociales. Hay nuevos modos de relacionarnos, de comunicarnos y de vivir la fe. Nadie como ustedes conoce a sus amigos y compañeros que no están aquí, que no creen o que están doblegados por los vicios o las pasiones.

Son ustedes los llamados a llevar toda esta carga espiritual que hoy están teniendo hasta sus ambientes. Hablen con esos jóvenes que no conocen a Cristo, denles testimonio con su vida, en el trato, y con la amistad sincera y desinteresada. Poco a poco, al sentirse amados, su corazón los llevará de regreso al seno de la Iglesia.

Ustedes son misioneros en el mundo juvenil. Y los misioneros no temen las dificultades, que pueden ser muchas y muy variadas en el mundo que nos ha tocado vivir. Pensemos, ¿adónde nos lleva el miedo? Al encierro. Y cuando el miedo llega a nuestros encierros mentales y espirituales, siempre viene acompañado por su hermana la parálisis.

Corremos el riesgo de sentir que nada podemos hacer, que todo está perdido, y entonces abandonamos la esperanza de un mundo y una sociedad mejor.

Sentir que en este mundo, en nuestras ciudades, en nuestras comunidades, no hay ya espacio para crecer, para soñar, para crear, para mirar horizontes, en definitiva para vivir, es de los peores males que se nos pueden meter en la vida, y en la juventud.

La parálisis nos va haciendo perder el encanto de disfrutar del encuentro, de la amistad; el encanto de soñar juntos, de caminar con otros. Nos aleja de los otros, nos impide tender la mano.

Un tipo de parálisis muy grave es la comodidad. Sí, así como lo oyen, la comodidad, la seguridad y la tranquilidad del aislamiento de la realidad de los otros, de sus necesidades y de nuestra obligación de salir a su encuentro.

Mis queridos jóvenes, como dijo el Papa en la última Jornada de la Juventud, “no vinimos a este mundo a vegetar, a pasarla cómodamente, a hacer de la vida un sofá que nos adormezca; al contrario, hemos venido a otra cosa, a dejar una huella”.

Es muy triste pasar por la vida sin dejar una huella. Pero cuando optamos por la comodidad, por confundir felicidad con consumir, entonces el precio que pagamos es muy, pero que muy caro: perdemos la libertad. No somos libres para dejar esa huella.

Este es el precio y hay mucha gente que quiere que los jóvenes no sean libres, que sigan atontados, embobados, adormecidos. Esto no puede ser, debemos defender nuestra libertad.

Por eso deseo preguntarles hoy delante de Dios:

Se comprometen a mantenerse alejados de las drogas?,

Se comprometen a renunciar a la vida fácil del delito y el pecado?

Se comprometen a asumir la responsabilidad y el trabajo como norma de sus vidas?

Quieren vivir según el plan de Dios y esforzarse por dar testimonio de su fe?

Amigos, Jesús es el Señor del riesgo, el Señor del siempre “ir más allá”. Jesús no es el Señor del confort, de la seguridad y de la comodidad. Para seguir a Jesús, hay que tener una cuota de valentía, hay que animarse a cambiar la comodidad por un par de tenis -o de botas- que nos ayuden a caminar por caminos nunca soñados y menos pensados, por caminos que abran nuevos horizontes, capaces de contagiar alegría, esa alegría que nace del amor de Dios y su misericordia.

Dios espera algo de cada uno de nosotros. Nos está invitando a soñar, nos quiere hacer ver que el mundo con cada uno de nosotros puede ser distinto. Eso sí, si no ponemos lo mejor de nosotros, el mundo no será distinto. Es todo un desafío.

Cristo, el siempre joven, él que es la vida, nos invita a dejar una huella que llene de vida nuestra historia y la de tantos otros. Él, que es la verdad, nos invita a desandar los caminos del desencuentro, la división y el sinsentido.

Seamos protagonistas de la historia porque la vida es linda siempre y cuando queramos vivirla, siempre y cuando queramos dejar huella. Que nuestra huella sea de amor, de esperanza y de caridad.

El Señor bendiga sus sueños, Amén.

 

Mons. Javier Román Arias

Obispo de Limón

Homilía en la Solemnidad de San Pedro y San Pablo 2017

 

  • Excelentísimo Monseñor George Jacob, Encargado de Negocios de la Nunciatura Apostólica.
  • Monseñor José Rafael Quirós, Arzobispo de esta sede metropolitana,
  • Hermanos obispos concelebrantes.
  • Distinguidos miembros del cuerpo diplomático y demás instituciones,
  • Queridos sacerdotes, religiosas, religiosos.
  • Un saludo particular a los distinguidos comunicadores y medios de comunicación que hacen posible que hoy muchos hermanos y hermanas se unan a esta celebración de fe.
  • Hermanos todos en Cristo Jesús.

Como Iglesia celebramos la Solemnidad de los apóstoles San Pedro y San Pablo, un día además dedicado al Santo Padre, hoy el Papa Francisco.

Las lecturas que hemos escuchado de los Hechos de los Apóstoles y de la Segunda Carta a Timoteo, nos remiten al martirio y a la entrega completa por Cristo y la Iglesia.

Pedro está en la cárcel, Herodes quiere matarlo y el ángel del Señor lo libera. San Pablo, por su parte, le escribe a Timoteo que está a punto de sacrificar su vida luego de combatir el buen combate, de llegar a la meta, y haber conservado la fe.

Este es el testimonio que hoy conservamos de estas dos grandes columnas de la Iglesia: Pedro y Pablo, tan diferentes en su personalidad pero tan unidos e identificados con el Señor.  Ambos nos recuerdan que del amor a la cruz siempre brotan las semillas fecundas de la Iglesia.

Realmente, ver como Dios se ha valido de la figura de hombres frágiles para hacer fecundo su proyecto, nos llena de confianza en estos momentos, en que como Pedro y Pablo, algunas veces como Discípulos Misioneros del Señor, nos sentimos “encadenados” en medio de una sociedad donde tantos se hacen “sordos” al llamado de salvación.

Pero al mismo tiempo, nos llena de consuelo y fortaleza, contar con la oración continua de una inmensa comunidad creyente que nos alienta a seguir adelante hasta llegar a la meta, y nos recuerda, como a Pablo, que el Señor está a nuestro lado, librándonos de todos los peligros, y dándonos la fuerza para que su mensaje de salvación se siga proclamando, haciendo dichosa la vida de muchos, que como Pedro, le siguen diciendo a Jesús: “Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo”.

 

El Día del Papa

Aunque hoy celebramos a ambos apóstoles, los textos de cierta manera nos muevan a poner especial atención en Pedro, y en relación a él, a sus sucesores. Es por ello, que, para el Pueblo de Dios, esta solemnidad es conocida como el “Día del Papa”.

Con su ministerio, el Papa es un referente del modo en que la “eterna novedad del Evangelio” se hace concreta en la historia.  Por esta razón, quisiera, a partir de la persona y mensaje del Santo Padre Francisco, identificar algunos elementos, no todos, que nos ayuden a los creyentes, especialmente a nosotros como Pastores, a ser verdaderos protagonistas de una nueva etapa evangelizadora, pues “Jesús es siempre joven, Él es fuente de constante novedad” (EG 11):

1.- El Papa Francisco es continuidad, no ruptura. No pretende revolucionar la fe y la moral; lo único que ha querido es interpretarlas desde el Evangelio.  Convertirlas en anuncio, más que en una mera doctrina.  Para ello utiliza un lenguaje sencillo, pero no “simplificador”.  Un lenguaje total, que conjuga palabra y gesto. Él mismo ha sido el primero en aplicar sus palabras, asumiendo, por ejemplo, el episcopado como un servicio, y no como un privilegio,  recordándonos además a todos los creyentes, que cualquier actitud verdaderamente cristiana, nos lleva a servir, sobre todo, a los pobres, y no a buscar ser “príncipes”.

2.- El punto de partida para esta nueva etapa evangelizadora propuesta por el Papa Francisco, y que hunde sus raíces en los pontífices anteriores, es la “conversión pastoral y misionera”, que en continuidad con el Vaticano II, “consiste esencialmente en el aumento de la fidelidad, que la Iglesia está llamada a hacer, a su vocación […] (cfr. UR 6)”. El cambio se gesta primeramente desde adentro, desde las mismas realidades existentes. No se puede cambiar al mundo si primero no se ha transformado el corazón de los hombres y mujeres que lo habitan. El camino que nos propone el Papa no es el de la confrontación, sino el del testimonio y la fidelidad.

3.- La clave esencial para esta conversión pastoral y misionera es ser una “Iglesia en salida”, la cual el mismo Papa define como: “la comunidad de discípulos misioneros que primerean, que se involucran, que acompañan, que fructifican y festejan” (EG 24).  Ya en las reuniones preparatorias del cónclave, el entonces cardenal Bergoglio había señalado que la Iglesia no debe incurrir en la autorreferencialidad, no debe ser una Iglesia que, dejándose llevar por el narcisismo, gire alrededor de sí. En el fondo de sus afirmaciones, está el principio de que la Iglesia es misionera por naturaleza, por lo que la misión no es algo que la Iglesia hace, sino que la misión es la que hace a la Iglesia.

4.- Sin olvidar el perenne mandato a la misión ad gentes, el Papa Francisco nos plantea el reto, en continuidad con San Juan Pablo II, de “una salida” que se atreva a llegar a todas las periferias que necesitan la luz del Evangelio, tanto las periferias territoriales como aquellas socioculturales, “especialmente las poblaciones urbanas y de las zonas rurales -sin tierra, sin techo, sin pan, sin salud- lesionadas en sus derechos. Viendo sus miserias, escuchando sus clamores y conociendo su sufrimiento…” (EG 191).

5.- La evangelización, insiste el Papa Francisco, debe hacerse desde la alegría que se produce en el encuentro con la Persona de Cristo. Pero la alegría no sólo es algo que nos mueve a evangelizar, sino que es algo que comunicamos con la evangelización, y lo que damos no es “oro ni plata”, sino “el Nombre de Jesús”, que hace levantarse y pone en camino a los “afligidos por el mal”.

6.- Creo que la palabra clave del pontificado del Papa Francisco es: Misericordia.  Podría decirse que en el corazón del Papa late la idea de que “Un poco de misericordia entre las personas puede cambiar el mundo”.  La misericordia, insiste el Papa, es la fidelidad de Dios a sí mismo, y como diría el gran teólogo Congar: “es la expresión de su absoluta soberanía en el amor”.

7.- El Papa Francisco nos ha enseñado también que el Evangelio es para tender puentes, no para crear barreras.  Pedro y Pablo son ejemplo de ello, pues a través de su ministerio, judíos y gentiles fueron congregados en la única familia de Cristo. El Papa nos ha estado recordando la importancia de una Iglesia en diálogo, tanto hacia el interno, desde la sinodalidad, como hacia el externo, señalando espacios comunes donde nos podemos aproximar a todos los hombres y mujeres de buena voluntad, tal como la preocupación por el futuro de nuestra “Casa Común”.

 

Iglesia de opciones concretas

El Papa, pues, nos presenta todo un programa pastoral que nos debe de inquietar y llevarnos a cuestionar cómo estamos viviendo la misión que el Señor nos ha encomendado.

Una misión que pasa por hacer opciones concretas dentro de la sociedad: los pobres, los migrantes, los excluidos, los enfermos, los ancianos, los que no se pueden defender, como los niños en el vientre de sus madres, las familias y el cuido de la creación.

Agradecemos a este respecto la última encíclica que Su Santidad nos ha regalado sobre la responsabilidad de los creyentes y toda persona de buena voluntad en la conservación del medio ambiente. “Laudato si” es realmente una propuesta profética que reconoce el valor de la creación, y nos pide a todos una mirada nueva, porque el centro de esa creación es la persona que tiene que custodiar la creación que nos ha dado Cristo.

Y lo primero que debe custodiar es la dignidad de la persona, la dignidad del matrimonio y de la familia. Y sobre esa dignidad, administrar esos bienes de la naturaleza que son creados por Dios, y descubrir ese algo divino que está oculto en toda la naturaleza.

El Papa realmente nos está lanzando con mucha audacia, y por eso rezamos tanto por él para que el Señor le dé la fortaleza en esta tarea que ha emprendido.

En cada una de sus predicaciones y encuentros, el Santo Padre quiere descubrir nuevamente la dimensión del amor que se ve, que se toca, del cariño y de la ternura. Quiere que la Iglesia sea una caricia, un bálsamo de aquellos que hoy sufren, pasan hambre y mueren en la indiferencia y el olvido, también aquí en Costa Rica. Yo doy testimonio de ello por la gravísima situación de la que soy testigo en las comunidades indígenas más alejadas de la Cordillera de Talamanca.

La persona del Papa es, en sí misma, una expresión de este “nuevo modo” de ser evangelizador para nuestro tiempo: ser persona de encuentro; transmitir el mensaje con sencillez, sin necesidad de abaratarlo; acoger a todo el mundo, sin dejar de sacudir sus conciencias; irradiar paz interior, alegría, esperanza y confianza, pero agitando la vida de cuantos lo oyen, dentro y fuera de la Iglesia.

Por eso, queridos hermanos, demos gracias a Dios por el Papa Francisco, por su ministerio y por las enseñanzas que nos regala todos los días. Quiero pedirle a Monseñor George, que nos haga el favor de expresarle al Santo Padre Francisco, el afecto que le profesa el pueblo de Costa Rica y nosotros como sus pastores.

Dígale que oramos por él, que agradecemos sus catequesis y su magisterio, y que nos esforzamos y lo apoyamos para cumplir su sueño de una Iglesia más humilde, auténtica y cercana, como la quiere también Nuestro Señor Jesucristo, para ser fiel testimonio de su amor en medio del mundo.

Dígale que lo apoyamos que siga adelante:

  • En la Renovación de la Curia Romana.
  • En su llamado constante a presentar a la Iglesia más cercana y con corazón misericordioso
  • En presentar el Evangelio con la sencillez de Jesús.
  • En seguir llamándonos a ser pastores cercanos a nuestro pueblo.

Por último, dígale que nos perdone, porque nos quedamos con sus palabras y a veces no hacemos lo que nos pide. Buscamos una foto con él, pero olvidamos sus enseñanzas y ejemplos.

Por eso queremos, al celebrar esta solemne Eucaristía, en la que el mismo Señor nos fortalece con su Palabra y con su Cuerpo y con su Sangre, asumir nuestro compromiso de seguir el Evangelio sin miedo, como lo ha hecho él , para ser testimonio en medio de nuestra Iglesia y de la sociedad

Amén.

 

Mons. Javier Román Arias

Obispo de Limón