“QUE PUNTARENAS VUELVA A BRILLAR, COMO LA PERLA DEL PACÍFICO QUE ES”

(Monseñor Javier Román Arias, Obispo de Limón, en la Catedral de Puntarenas, el domingo 14 de julio, 2019)

Qué alegría encontrarnos para celebrar esta Santa Eucaristía, en la que conmemoramos el  amor salvífico que ha sido derramado en la cruz y que ha abierto para todos las puertas del cielo. Lo hacemos en el marco de una fiesta muy especial, que hermana a tantas parroquias en nuestro país, la fiesta en honor a la Madre del Señor, en su advocación de Nuestra Señora del Carmen.

Esta fiesta sabemos que tiene que ver, en primer lugar, con la familia religiosa del Carmelo y cuantas personas se agregan a la misma para honrar y amar a María. Pero la celebra también la Iglesia entera, porque la Orden de los Carmelitas ha difundido en el pueblo cristiano la devoción a la Santísima Virgen del Monte Carmelo, señalándola como modelo de oración, de contemplación y de dedicación a Dios.

Es un gusto poder dirigirme a ustedes por invitación de mi hermano Monseñor Óscar. Lo hago de corazón a corazón, de un porteño del Caribe a los porteños del Pacífico. En efecto, hay muchos lazos que compartimos los limonenses y los puntarenenses, comenzando por el entorno marítimo que nos determina.

Sabemos por la historia de Puntarenas, en el año de 1913, que la embarcación llamada El Galileo naufragó mar adentro y su tripulación fue rescatada milagrosamente. Al llegar a tierra, los marineros contaron que una mujer los visitó para darles fortaleza y comida, fue por eso, según su relato, que sobrevivieron. Dice la historia que para sorpresa de los pescadores, cuando fueron a la iglesia de Puntarenas, la imagen de la Virgen del Carmen que estaba en el templo era igual a la mujer que los ayudó durante el percance.

A partir de esa fecha, la Iglesia Católica de Puntarenas celebra las fiestas de la Virgen del Mar, igual en que otros lugares del mundo, donde la llaman en latín Stella Maris, es decir “estrella del mar”. Ella es la Patrona y Madre de esta amada diócesis de Puntarenas.

La Palabra de Dios en este domingo nos presenta la actitud misericordiosa y cercana del buen samaritano, en esta bella parábola tan conocida por todos. En efecto, Jesús es un narrador maravilloso. La parábola del buen samaritano es una historia clásica que tiene dramas y personajes inolvidables. Está hecha a mano por un maestro narrador. Una de sus características literarias es la repetición de la frase que describe al sacerdote y al levita. San Lucas dice que no solo no se detuvieron para ayudar al hombre, sino que “pasaron por el lado opuesto”. Ambos hicieron lo mismo: “Pasaron por el lado opuesto” o “pasaron de largo”.

Las personas que escuchaban esta historia habrían hecho excusas para ellos. “La víctima quedó medio muerta” … Si tocaran al hombre y él estuviera muerto, aquellos hombres se habrían vuelto ritualmente impuros y no se les habría permitido oficiar, o participar en la adoración en el Templo, cosa que requerían sus servicios litúrgicos. Otros defenderán a los dos hombres religiosos diciendo que estaban solos en un camino peligroso y solitario. Esto incluso podría haber sido un montaje, una trampa para un viajero solitario.

Jesús no condena a los dos que pasaron. Pero vuelve a enfocar nuestra atención y habla de una persona, un extranjero, que cruzó al otro lado y tuvo la oportunidad de ayudar a la víctima. ¿Qué es lo que hace que la gente haga tales cosas? ¿Solo las personas de extraordinaria valentía están dispuestas a arriesgar todo, incluso sus propias vidas para ayudar a otra persona?

Notemos que, en la parábola, aquel samaritano llevaba consigo los “ungüentos curativos” del día; vino para la limpieza y aceite para favorecer la curación. La parábola nos sugiere que, con el Espíritu de Dios, tenemos los elementos necesarios para sanar y ayudar a quienes necesiten de nosotros.

Ante el dolor de aquel hombre, algo en el corazón del buen samaritano se conmovió; no pasó por un largo debate sobre los méritos de la persona herida. A diferencia suya, en estos días nuestra nación parece menos conmovida ante el dolor de los hermanos que sufren. Incluso algunos cristianos siguen dando la espalda a los abandonados y enfermos dentro de nuestras propias fronteras ¿Los juzgamos con severidad o, como el samaritano, tenemos compasión y nos abajamos para curar sus heridas ahí donde están a la orilla del camino?

 

Una mirada a la realidad

Sabemos que Puntarenas ha sufrido por muchos años el abandono y los efectos negativos de un injusto esquema de desarrollo, que ha fomentado la desigualdad con la región central del país. La falta histórica de una estrategia de desarrollo para las periferias geográficas, que conjugue la voluntad política de las autoridades gubernamentales con la capacidad de iniciativa y de acción de los liderazgos y de las organizaciones sociales de estos territorios, ha privado de oportunidades a miles de personas, cuya vida ha quedado al margen de los beneficios económicos y sociales ofrecidos al resto del país.

La postración económica es, fundamentalmente, la causa de casi todos los problemas que sufren estas regiones y la falta de oportunidades de trabajo constituye, sin duda alguna, el problema más agudo, el cual, a su vez, engendra indeseables y devastadores flagelos como la pobreza que golpea a 14 mil personas en esta provincia (INEC), el narcotráfico, la desintegración familiar, la prostitución y la drogadicción de los jóvenes. Problemas que también sufren otras regiones y pueblos pobres de nuestra querida Costa Rica.

Una palabra aparte merece la situación de los pescadores y demás gentes del mar.

El debate actual sobre técnicas de pesca permitidas o no, debe de poner siempre en el centro a la persona y su dignidad. Y siguiendo la propuesta del Santo Padre en su encíclica ambiental Laudato si, debe de observarse un balance, una ecología integral, donde los pescadores sean parte de las soluciones, no de los problemas.

Debemos llegar a la comprensión de que ellos y ellas son integrales al ambiente que debemos proteger. No son convenientes ni los permisivismos complacientes que acaban devorando los recursos naturales, ni los extremismos ambientalistas que desconocen el hambre, el desempleo y la miseria que sufren muchos de ellos y sus familias.

Monseñor Óscar Fernández Guillén, Obispo de Puntarenas

Es urgente ampliar las posibilidades de subsistencia armónica con el mar. Impulsar la acuacultura y otras formas de producción artesanal, animar la formación de más cooperativas y asociaciones, abrir nuevos mercados, promover el turismo ambiental, favorecer las certificaciones internacionales, ofrecer capacitación y apoyo técnico, incluso subsidios para los emprendimientos en este campo. Igualmente, con la misma decisión, deben de establecerse controles para evitar la pesca ilegal.

La iniciativa privada puede, y debe jugar un papel importante. Hay que fomentar las condiciones que permitan crear nuevos empleos dignos y conservar los que ya existen. Hoy muchas familias de pescadores sobreviven con menos de cien mil colones al mes, ¿quién puede salir adelante así cubriendo encima el pago de un alquiler y los servicios básicos?

Instituciones como Incopesca, el IMAS, el Ministerio de Agricultura, las universidades públicas y las Municipalidades deben ser aliadas del desarrollo integral, facilitadoras de procesos y servir como como ayudas oportunas para quienes, con honestidad y legalidad, quieran salir adelante.

El diálogo, tan apelado en las últimas semanas para resolver las diferencias, debe de ser permanente, auténtico y en todo caso conducir a la toma de decisiones concretas. Debe de imperar una verdadera actitud recíproca de escucha y comprensión. No más diálogos de sordos en nuestro país.

La Iglesia estará siempre dispuesta para servir al bien común y a la paz, aunque muchas veces se recurra a nosotros solo cuando el agua del conflicto social está llegando al cuello de los políticos de turno.

Diputados de Puntarenas, el pueblo necesita su compromiso con proyectos de ley que permitan salir de esta crisis que se arrastra desde hace tanto tiempo. Que Puntarenas vuelva a brillar como la perla del Pacífico que es.

En momentos de incertidumbre como los que hemos vivido en Costa Rica, nadie apela a un Estado laico, ni se reclama con irrespeto y altanería recluir a la Iglesia en las sacristías para acallar su voz profética.

No importa, como pastores estaremos siempre en defensa de la justicia, del bien y la verdad. Nadie en su sano juicio podría pensar que el clima de conflictividad social ya desapareció en nuestro país, por eso seguiremos animando el encuentro permanente entre las partes y la responsabilidad de cumplir los compromisos asumidos.

Tengan presente hermanos, que no es cierto que los obispos y la Iglesia estemos acomodados en nuestras zonas de confort, como afirmó irresponsablemente hace poco un medio de comunicación. Cada uno de nosotros está trabajando en diferentes temas y realidades sociales de nuestras diócesis, apuntando siempre al bien común, que es el bien de Costa Rica.

 

Ingreso a la Catedral de Puntarenas

Encomendados a la Madre del Señor

Hermanos, siempre que celebramos la Eucaristía, en la Plegaria Eucarística, “veneramos la memoria, ante todo, de la gloriosa siempre Virgen María, Madre de Jesucristo, nuestro Dios y Señor”.

En esta misa de la fiesta del Carmen, le pedimos a María, en palabras del Papa San Pablo VI, que “sea ella la Estrella de la evangelización siempre renovada que la Iglesia, dócil al mandato del Señor, debe promover y realizar, sobre todo en estos tiempos difíciles y llenos de esperanza” (Pablo VI, El anuncio del Evangelio, n° 81).

Que Nuestra Señora del Carmen acompañe los pasos y el peregrinar de esta diócesis de Puntarenas, a sus familias y comunidades cristianas, especialmente a los más pobres. Amén.

HOMILÍA MISA CRISMAL 2019

Catedral de Limón, lunes 15 de abril, 2019

 Los saludo con afecto paternal, en este día en que nos reunimos a celebrar esta Santa Misa Crismal, que es la más hermosa y concentrada expresión de la Iglesia una, santa, católica y apostólica, que se congrega acá en Limón, en torno a su obispo y a sus presbíteros.

Esta es una de las principales manifestaciones de la plenitud sacerdotal del obispo y un signo de la unión estrecha de sus sacerdotes con él. Está centrada en la bendición y consagración de los óleos y en la renovación de las promesas sacerdotales.

Especialmente a todos ustedes, hermanos sacerdotes aquí presentes, que en virtud de una gracia especial y por una entrega singular a nuestro Salvador, soportan el “peso del día y el calor” del trabajo pastoral (Mt 20,12), les expreso mi admiración, mi cariño y mi gran respeto, así como mi especial agradecimiento por su entrega.

Me siento muy contento que estén aquí, unidos como toda la gran familia eclesial de la diócesis de Limón. Confío su ministerio a Jesucristo, sumo y eterno sacerdote, que ha de bendecirlos y fortalecerlos cada día en su entrega a Dios y los hombres.

 

Los santos óleos

Dios ha querido salvarnos y santificarnos por medio de realidades materiales, a través de dones de la creación que Él transforma en instrumentos, para salir a nuestro encuentro e introducirnos en su comunión de amor.

Hoy son principalmente cuatro esos elementos o dones naturales que queremos destacar: el agua, el pan, el vino y el aceite. El agua, elemento fundamental de toda vida humana, es el signo esencial del acto por el que nos convertimos en cristianos en el bautismo y es la gran puerta por donde todos nacemos a una vida nueva. Es uno de los signos centrales de la Vigilia Pascual.

Los otros tres, el pan, el aceite y el vino pertenecen a la cultura y al ambiente mediterráneo donde vivió Jesús con su familia y sus discípulos y luego se desarrolló el cristianismo. Son elementos de la creación, pero también remiten a una dimensión fundamental de nuestra fe: el Hijo de Dios se hizo hombre y habitó entre nosotros, en un momento y lugar precisos de la historia. El pan y el vino son materia prima que la Iglesia, fiel a su Señor, utiliza en cada celebración eucarística.

El aceite de oliva es alimento y medicina, embellece, prepara para la lucha y otorga vigor. En el Antiguo Testamento, los reyes y profetas son ungidos con óleo, signo de la dignidad, de la responsabilidad y de la fuerza que Dios les comunica. En el misterio del aceite, está presente en nuestro nombre de “cristianos”. En efecto, la palabra “cristianos”, con la que se designaba a los discípulos de Cristo ya desde el comienzo de la Iglesia… viene de la palabra “Cristo” (Hech 11,20-21), que es la traducción griega de la palabra “Mesías”, que significa “Ungido”. Los cristianos podemos decir que procedemos de Cristo, pertenecemos a Cristo, al Ungido de Dios, a Aquel al que Dios ha dado la realeza y el sacerdocio.

En todas las misas crismales que se celebran hoy o el Jueves Santo en el mundo, el obispo, reunido en la catedral con su presbiterio y el pueblo fiel, venido de todas las comunidades de la diócesis, bendice los santos óleos para todo el año. Así, queda expresada también la unidad de la Iglesia, garantizada por el episcopado, y remiten a Cristo, el verdadero “pastor y guardián de nuestras almas”, como lo llama san Pedro (1 Ped 2,25).

La Iglesia utiliza el óleo en cuatro sacramentos como signos de la bondad y de la misericordia de Dios que llega hasta nosotros: en el bautismo, en la confirmación, en los diversos grados del sacramento del orden y, finalmente, en la unción de los enfermos. De este modo, el óleo, en sus diversas formas, nos acompaña durante toda la vida: comenzando por el catecumenado y el bautismo hasta el momento en el que nos preparamos para el encuentro con Dios Juez y Salvador”.

Esta misa toma su nombre de la consagración de uno de los óleos: el Santo Crisma. Es un óleo relacionado de modo particular con el sacerdocio de Cristo. Lo reciben los bautizados como signo de participación en el sacerdocio común de los fieles. Lo reciben los sacerdotes en el momento de su ordenación presbiteral (o episcopal), para ser configurados en distintos grados con Cristo, cabeza y pastor, para colocarse al servicio del sacerdocio bautismal del pueblo de Dios

 

Un sí pleno e incondicional

Por otra parte, en el diálogo que el obispo entabla con sus presbíteros, en el momento de la renovación de las promesas sacerdotales, les pregunta si quieren unirse más fuertemente a Cristo y configurarse con él renunciando a sí mismos y reafirmando la promesa de cumplir los sagrados deberes ministeriales que por amor a Cristo aceptaron para el servicio de la Iglesia.

En esta Misa Crismal, amados presbíteros, se nos da la gracia de renovar tanto personal como colegialmente, el “sí” pleno e incondicional al Señor Jesús, que, sin mérito de nuestra parte, nos eligió; a nuestra Iglesia diocesana de Limón en la que estamos incardinados; a nuestro pueblo santo y amado que ama, lucha, canta y reza.

Somos una Iglesia pobre con los pobres, joven con los jóvenes, luchadora, entregada, ecuménica, alegre, cercana y esencialmente sierva de Cristo, a quien debemos encarnar en cada acción y en cada decisión, en cada palabra, gesto y encuentro con cada persona. Que nadie que nos pida ayuda se quede sin experimentar el amor de Dios.

Como nos recuerda el Papa Francisco, “una diócesis funciona bien sólo si su clero está jubilosamente unido, en fraterna caridad, alrededor de su obispo”, frase de la cual se deriva un doble compromiso: la comunión con el obispo y la fraternidad sacerdotal, elementos que no son accesorios sino vinculantes para todos, pues nuestro sacerdocio no es autónomo, sino derivado del ministerio apostólico de los obispos y en comunión con ellos. De ahí la importancia de mantener el esfuerzo de comunión con el obispo y sus indicaciones, procurando una implicación personal en el cumplimiento de la normativa de la Iglesia y los diferentes campos en los que tienen responsabilidades.

En particular, en cuanto a la renovación del compromiso del celibato, recordamos al Papa emérito Benedicto XVI, quien catequizando sobre la entrega exclusiva del sacerdote para el Reino de Dios, recordaba que se trata de “una especial conformación con el estilo de vida propio de Cristo Esposo, que da la vida por su Esposa”.

El celibato sacerdotal, vivido con madurez, alegría y dedicación, es un regalo para la Iglesia y para toda la sociedad. Hoy somos invitados a renovarlo delante de Dios.

 

Fuerza renovadora

Mis queridos sacerdotes, que el paso del Espíritu que todo lo crea y todo lo renueva, fecunde las raíces de nuestras personas y comunidades con aquella savia que corrió por las venas de los apóstoles, de los grandes evangelizadores, de los misioneros venidos de otras latitudes para traernos a Cristo Una iglesia misionera es una iglesia que envía, que entrega lo mejor de sí para que otros conozcan el evangelio de salvación.

Necesitamos toda esa fuerza renovadora para superar el cerco de sospecha anticlerical, atizado con saña por ciertos medios de comunicación, debido a los escándalos y anti testimonios de algunos sacerdotes.

Se trata de conductas inaceptables, de verdaderos delitos, crímenes que claman al cielo, que constituyen una pesada cruz y una espada de dolor para la Iglesia que nos llaman a velar, a estar alertas, a orar, a buscar la comunión, la fraternidad y la ayuda de nuestras feligresías. Gracias a Dios es mucho mayor el número de sacerdotes fieles, que viven con entrega generosa y alegría contagiosa su identidad propia y su vocación misionera.

Al pueblo de Dios pedimos hoy su oración y su acompañamiento. No nos dejen solos, no permitan que las generalizaciones injustas los aparten de sus pastores. Caminen con nosotros, hagan suya también la tarea de la evangelización y si es necesario, cuando nos sientan desorientados y en riesgo de perder el norte de nuestra vocación, apliquen la corrección fraterna que nos enseña el Evangelio, se lo vamos a agradecer.

Gracias por estar con nosotros en estas semanas tan turbulentas que hemos vivido como sacerdotes, gracias por mantenerse fieles a la Iglesia y saber que no seguimos a ningún hombre, sino a Cristo, Señor de la historia, nuestro hermano y redentor.

En esta fiesta de la comunión diocesana, damos gracias a Dios por habernos ungido un día y habernos marcado para siempre con el óleo consagrado; por habernos alcanzado con su bondad creadora y recreadora y habernos sumergido para siempre en el bautismo amoroso de su Hijo Redentor; por sentarnos una vez más a su mesa y servirnos su cuerpo y su sangre en la Eucaristía. Que al participar de su sacrificio pascual, su júbilo nos invada cada vez más profundamente y que seamos capaces de llevarlo nuevamente a un mundo que necesita urgentemente el gozo que nace de la verdad.

La pasión, muerte y resurrección de Cristo exigen testigos que la anuncien, la celebren y la vivan. Que la Santísima Virgen María nos ayude en estos días de Semana Santa a compenetrarnos con su Hijo Jesucristo, a seguirle en su Pasión hasta el final, para transformarnos como ella en testigos ardientes y convincentes de la presencia viva de Jesús en medio de nosotros. Que así sea.

 

Mons. Javier Román Arias

Obispo de Limón

“JESÚS VINO POR USTEDES, VINO POR MÍ, POR TODOS…”

(Homilía pronunciada en la Santa Misa de envío de los peregrinos a la Jornada Mundial de la Juventud, el sábado 19 de enero, 2019, en la Catedral de Limón)

 

Hermanos y hermanas, hoy esta catedral refleja lo que es la Iglesia Católica: una familia de diferentes orígenes, lenguas y culturas unidas por la fe.

Es histórico este encuentro en preparación para la Jornada Mundial de la Juventud. Con alegría y hermandad vamos como discípulos a dejar que Dios haga su obra a través de todo lo que experimentaremos la próxima semana en Panamá. Lo hacemos siguiendo el ejemplo de la Virgen María, su obediencia y disposición al plan del Creador. Ella como madre amorosa nos acompañará y su intercesión nos ayudará a hacer que esa semilla germine en abundantes frutos espirituales en nuestros países, parroquias y familias.

Llevamos a Panamá todo lo que somos, nuestras alegrías y nuestras penas, lo que nos preocupa y lo que nos da paz. Nuestras virtudes y nuestros pecados, allá iremos con las manos sucias y vacías, conscientes de nuestras muchas limitaciones, pero seguros de que el Señor nos colmará de todos sus bienes.

Es bueno preguntarnos ¿por qué peregrinamos?, ¿cuál es el sentido de todo este esfuerzo y cómo esta actitud de caminantes nos debe de llevar a Jesús? No somos peregrinos por un juego, o solo para conocer personas nuevas, sino para descubrir en nuestro interior que tenemos una sed de infinito que solo Dios puede llenar.

Hay un lema que nos gusta repetir, y es que lo mejor de Limón es su gente. Ustedes queridos peregrinos han podido experimentar un poco del calor de nuestra gente -y del clima por su puesto-, el gusto con el cual recibimos a quien llega, como históricamente ha sido en la conformación multiétnica y pluricultural de nuestra sociedad.

Queremos que estos días queden grabados en sus corazones como una experiencia que quieran repetir. Quisiéramos recibirlos de nuevo en el futuro, y volver a hablar de lo que hemos vivido, y de cómo la experiencia de la Jornada de la Juventud fue un momento de Dios para cambiar nuestras vidas.

Esta Catedral, esta diócesis, estas parroquias y familias serán siempre su catedral, su diócesis, su parroquia y su familia. Gracias por escogernos para vivir los Días en las Diócesis, gracias por hacer de Limón su casa. Ustedes nos han dado mucho más de lo que nosotros podríamos haberles dado. Su fe y su gozo de jóvenes son energía que nos dinamiza en la tarea de la evangelización y nos compromete a seguir trabajando con los jóvenes limonenses para lanzar las redes contando con su fuerza y su creatividad.

La Palabra de Dios que hemos escuchado nos interpela, porque es siempre viva y eficaz. La Palabra de Dios es buena, a través de ella Dios quiere nuestro bien, por eso sin ningún temor debemos de buscarla para discernir las respuestas a las muchas inquietudes de nuestro corazón y recibir la misericordia de Dios.

Jesús, el siempre joven, rompió todos los esquemas de su tiempo. Se acercaba a los pecadores, a esa gente que llamaríamos “de mala fama” ante el escándalo de los maestros de la ley y los que en la época, como ahora también, se creen santos en vida.

Ante su crítica, Jesús siempre se defiende de la misma manera: “No necesitan médico los sanos, sino los enfermos. No he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores”.

Incluso llamó a Leví, uno de esos pecadores reconocidos, recaudador de impuestos, para que formara parte de sus amigos más cercanos.

Aunque esta actitud de Jesús la hemos oído un millón de veces… nos tiene que seguir llenando de alegría y de consuelo, porque todos engrosamos las filas de los pecadores… y gracias a él también las filas de los perdonados.

Ojalá este Evangelio nos haga romper para siempre la imagen de un Dios severo que solo busca castigarnos por nuestros pecados. Por el contrario, debe de motivarnos a pensar qué cosas nos alejan de su amor y debemos por tanto rechazar. Se trata de renuncias que a veces duelen, pero que son necesarias, renunciar incluso a nosotros mismos para poder, con generosidad, servir a los hermanos en sus necesidades.

Leví tenía todas las contraindicaciones para formar parte del séquito de Jesús; era traidor a su pueblo y ayudaba al poder romano opresor. Incurría constantemente en impureza, al tratar con los funcionarios paganos para entregarles lo recaudado. Probablemente era también ladrón, cobrando más de lo debido a gente ignorante e indefensa.

Pero en la llamada a ser seguidores de Jesús no cuentan los méritos humanos, Jesús no nos mide desde cálculos humanos, él siempre nos mira más allá y sabe que en el fondo de nuestro corazón está siempre un deseo de bien y de verdad.

Jesús, hermanos, vino por ustedes y por mi, vino por todos, y todos los días pasa por nuestra vida llamándonos, buscándonos casi con obsesión, para que desde nuestra libertad demos un paso al frente en el compromiso y el seguimiento.

En la próxima Jornada Mundial de la Juventud estará también Cristo esperando de nosotros una respuesta afirmativa a su invitación a asumir una vida renovada en el amor. Ahí estará y no mirará cuán malos hemos sido, ni cuánto nos hemos alejado de la Iglesia, ni siquiera nos cuestionará nuestro pasado, solo quiere que de una vez y para siempre lo hagamos el norte de nuestras vidas.

Jesús es el médico de los enfermos; pero es sobre todo la encarnación de la bondad del Padre que recibe gozoso a sus hijos pródigos y celebra con ellos un banquete: comparte con ellos lo que es y lo que tiene. No desperdiciemos esta gran oportunidad.

Mons. Javier Román Arias

Obispo de Limón, Costa Rica

Mensaje de Monseñor Javier Román para la recepción de los símbolos de la JMJ en Guápiles

Mis queridos jóvenes, su energía es contagiosa. Gracias por llenarnos a todos con su fuerza, sueños y de esperanzas. En efecto, hoy estamos aquí con el corazón gozoso porque el Señor ha estado grande con nosotros y estamos alegres.

Le damos gracias a Dios porque nos permite compartir la fe alrededor de estos signos tan significativos, que nos anuncian la cercanía del mayor evento mundial de los jóvenes católicos: la Jornada Mundial de la Juventud.

Recibimos con mucho fervor la Cruz Misionera de la Jornada Mundial y el Ícono de Santa María Protectora del Pueblo Romano, entregados a los jóvenes por San Juan Pablo II. Él mismo nos enseñó el motivo: conocer más profundamente a Cristo en el Misterio de la Redención y encomendar la vida a la Madre de Dios.

Al recibirla la admiramos y la contemplamos: una cruz sencilla, pero majestuosa; sobria, pero llena de significado; misteriosa, pero llena de esperanza. Es la cruz que nos recuerda el amor que Jesús tiene por todos, especialmente por los adolescentes y jóvenes, y entre ellos, a los más necesitados.

Es la cruz que nos recuerda el llamado que el Señor nos ha hecho a la santidad, ¡a la perfecta alegría! El corazón del joven anhela, desea, busca la felicidad, pero la fe nos ayuda a descubrir que no hay felicidad verdadera y auténtica, sino es en su amor.

El joven desea un mundo mejor y Jesús le ayuda a descubrir que es posible, pero sólo con la fortaleza del amor que lo da todo por conseguirlo, renunciando a ideologías y a propuestas individualistas que invitan dejar a un lado la familia, a un lado a los demás, a dejar a un lado a los hermanos, y a sólo concentrarse en el yo aislado. Ese es el camino a la tristeza, al llanto y a la desesperación.

La cruz de la JMJ es un signo lleno de misterio, ha recorrido países, miles de jóvenes la han tocado, se han arrodillado, han presentado su oración, han recibido consuelo y fortaleza, es el misterio de la fe. Esta cruz, al actualizar la fe en el amor de Jesús, ha llenado de esperanza los corazones de muchísimos jóvenes y de muchas personas que se acercan a ella con una fe sencilla, más no fanática.

Esta cruz no recorre los caminos buscando fans y likes, busca corazones afligidos y personas sencillas y pobres para consolarlas, sanarlas y fortalecerlas en medio de las luchas de la vida y renovar su esperanza y su esfuerzo. En la cruz, el Sagrado Corazón de Jesús derramó su sangre por ustedes, por mí, por todos, e hizo de todos nosotros un solo pueblo.

Que la presencia de estos signos sencillos por todas las diócesis de nuestro país nos ayude a unirnos en la fe, todos como adolescentes y jóvenes que creemos en Cristo nos reconozcamos miembros del grandísimo pueblo de Dios que peregrina en todo el mundo y renovemos nuestra fe y esperanza.

Porque, como dice el Papa Francisco, los cristianos sabemos que nuestros mejores días y tiempos están aún por venir, que esos mejores días pueden ser construidos por nuestro esfuerzo y la gracia divina; ustedes jóvenes nos hacen recordar a todos que los cristianos somos un pueblo más de futuro que de pasado, y que en el horizonte del hombre hay un sol que lo ilumina para siempre. Creemos que nuestros días más bellos aún están por venir.

Finalmente, hay una mirada que aprendemos de las mamás llenas de amor y de la que todos podemos aprender. Cuando hay una reunión familiar y alguna de las hijas o hijos no está presente, el corazón de la mamá conecta con el hijo ausente. Unos le dicen que no se preocupe, que se alegre con los que están presentes; pero la mirada de la mamá se pierde un momento en busca de su hija o de su hijo. La Virgen María nos enseña y nos anima a recordar a los jóvenes de nuestra diócesis que no están aquí. A buscar a quienes necesitan experimentar la misericordia del amor de Dios, pero que por muchas razones no la han recibido o la andan buscando en lugares donde nunca la encontrarán.

Llevemos con alegría la Cruz de la JMJ y el Ícono de María, que llegue adonde están ellas y ellos, que recorra nuestros barrios limonenses, que visite nuestros templos y capillas, que haga estación en hospitales, que se haga cercana, que todos la puedan tocar y puedan orar ante ella, que se tomen fotos y compartan su alegría y esperanza, para que juntos podamos transformar todas esas realidades que nos duelen de nuestra provincia en fuerza para salir adelante con la ayuda de Dios y nuestra Madre Santísima.

Y que en este espíritu de unidad y amor sigamos preparando el camino al encuentro con Jesús en Panamá 2019. Que Dios los bendiga.

Mons. Javier Román Arias

Obispo de Limón

Homilía en la fiesta de los santos Felipe y Santiago Apóstoles

En esta fiesta de dos santos apóstoles Felipe y Santiago, la 1ª lectura, tomada de la 1ª carta de Pablo a los Corintios, nos recuerda el núcleo esencial de la fe cristiana; aquello sin lo cual seríamos cualquier otra cosa, menos discípulos de Jesús y miembros de su Iglesia.

Es el llamado “kerygma” o proclamación. Lo que los apóstoles seguramente predicaron, adaptándolo a las diversas circunstancias y auditorios. San Pablo lo recuerda a los corintios entre los cuales algunos se atreven a negar la realidad de la resurrección, o mejor, se atreven a afirmar que la resurrección es algo completamente espiritual o místico, que no afecta para nada nuestro cuerpo ni tiene repercusiones en nuestra existencia mortal.

San Pablo recuerda a los corintios nada menos que “el evangelio que les prediqué”. No una ideología, una doctrina filosófica o teológica. Tampoco un código moral. Sino la certeza de los acontecimientos salvadores de los cuales los apóstoles fueron testigos y autorizados mensajeros. Se trata de la muerte salvífica de Jesús en la cruz, en cumplimiento del plan divino de salvación para toda la humanidad. De su sepultura, garantía de la realidad mortal que experimentó Jesús, y de su resurrección gloriosa, irrupción definitiva de Dios en nuestra pobre historia humana y cumplimiento en Cristo, de todas las promesas y expectativas de la humanidad.

Este es el Evangelio, la buena noticia. El fundamento y principio de nuestra fe. Lo que nos define como cristianos. Es decir, la misma persona de Jesús: su vida y su muerte. La garantía de que ante Dios todos tenemos un lugar, de que Él nos hará justicia a cada uno y llevará a la plenitud nuestra limitada existencia, como llevó a su plenitud la existencia de su Hijo Jesús.

El pasaje de la carta de Pablo, insiste al final en las apariciones del Señor resucitado, y presenta una lista de testigos autorizados, anotando incluso que muchos están todavía vivos, en el momento en que se escribe la carta. Llama la atención que esta lista no coincida con los testigos señalados, en los relatos de apariciones del final de los cuatro evangelios. Faltan, por ejemplo, las mujeres, que vieron a Jesús resucitado al pie del sepulcro (Mt 28, 9-10; Mc 16, 9-11; Jn 20, 11-18).

Pero no es cuestión de una absoluta coincidencia, que resultaría más sospechosa como testimonio. Los primeros cristianos estaban seguros, y Pablo se hace eco de ello, de que el Resucitado se había hecho ver por diversas personas, en ocasiones distintas y de maneras diferentes. Lo que Pablo subraya es que el testimonio de la resurrección depende de experiencias ciertas, tenidas especialmente por algunos apóstoles: Cefas, que es el mismo Pedro, los Doce como grupo que representa a la comunidad de salvación, la Iglesia, Santiago, en este caso el llamado “hermano del Señor”, o “el menor”, para diferenciarlo del hijo de Zebedeo, hermano de Juan, del grupo de los doce apóstoles. Este Santiago el menor, es el que estamos conmemorando en este día.

Por otra parte, la lectura del pasaje del evangelio de san Juan ha sido escogida, seguramente porque en ella se menciona al apóstol Felipe, cuya fiesta, junto con Santiago el menor, se celebra hoy. Con seguridad hay que diferenciarlo del diácono Felipe, protagonista de varios relatos del libro de los Hechos de los Apóstoles, uno de los siete varones escogidos como administradores de la comunidad por los apóstoles (Hech 6, 1-6), el evangelizador de Samaria (Hch 8, 4-8) y del funcionario etíope (Hech 8, 26-40); a no ser que las tradiciones sobre personajes distintos que llevaban el mismo nombre, hayan terminado confundiéndose.

En el pasaje evangélico, el apóstol Felipe hace a Jesús una petición audaz e inusitada: “Señor, muéstranos al Padre y eso nos basta”. Nada menos, como si a Dios se le pudiera mostrar aquí o allá, como se muestra a una persona o a una cosa cualquiera. Como si Dios pudiera ser contemplado con nuestros ojos mortales, cuando en el Antiguo Testamento es constante en afirmar que quien vea a Dios, necesariamente morirá (Éx 33, 20; Is 6, 5).

Pero, con su audacia, el apóstol Felipe ha hecho que Jesús nos revele el verdadero rostro de Dios: “quien me ha visto a mí ha visto al Padre”. Conocer a Jesús, escuchar sus palabras, vivir sus mandamientos, equivale a conocer plenamente a Dios, a contemplar su rostro amoroso reflejado en la bondad de Jesucristo, en su misericordia y amor hacia los pobres y sencillos.

De Santiago el menor sabemos que llegó a ser líder de la comunidad cristiana de Jerusalén, hasta los difíciles años anteriores a la guerra judía contra Roma. Él representaba al cristianismo judaizante de los primerísimos tiempos, apegado todavía al culto del templo, a la reunión sinagogal, a la observancia del sábado y demás tradiciones judías. De Felipe casi no sabemos nada. La memoria litúrgica de la Iglesia los unió posteriormente, cuando en el siglo VI fue inaugurada la basílica de los doce apóstoles, en la ciudad de Roma y se depositaron en su altar principal supuestas reliquias de estos dos personajes.

Pero ambos apóstoles nos recuerdan a todos nosotros, la necesidad de anunciar el misterio de Cristo, muerto y resucitado. Una tarea a la que somos llamados, tanto los presbíteros como ustedes los seminaristas, habiendo experimentado en nuestra vida la cercanía de Jesús, el rostro vivo del Padre, aquel quien nos lo ha dado a conocer, pues es su Hijo amado e imagen visible de su ser, como enseña San Pablo (Col 1,15).

El tiempo de la formación al ministerio sacerdotal es un tiempo de profunda intimidad con Cristo, como los apóstoles en la noche del Jueves Santo, aquella noche de despedida y de confidencias del Señor, en el que podemos experimentar su rostro, su presencia  y su consuelo en momentos difíciles, como los vivieron sus testigos, la víspera del aquel primer Viernes Santo,  así como también la certeza de su resurrección victoriosa, de la cual somos sus cualificados evangelizadores, tarea a la que también han de prepararse ustedes, queridos muchachos, con ilusión, esmero y renovadas fuerzas cada día.

Cristo no está en el sepulcro, ha resucitado. Ha manifestado su poder y su gloria; ha cumplido su promesa; ha vencido a la muerte, al pecado y al mal en todas sus formas. Y así, a todos los que creemos en Él, nos ha abierto las puertas del cielo, nos ha salvado y nos hace capaces de vivir una vida nueva y serena, apacible y feliz. ¡Alegrémonos, pues y regocijémonos en el Señor, porque Cristo ha resucitado! Esta es la buena nueva, dice San Pablo, esto es lo que les anuncié, afirma, y esto es lo que debemos transmitir al mundo y a la sociedad, con el entusiasmo de Felipe y Santiago, los primeros discípulos apóstoles, testigos de la resurrección.

¿A qué han venido, ustedes seminaristas, acá al seminario?” El seminario tiene como objetivo ir modelando al futuro sacerdote. Por ello, se debe seguir la recomendación de San Pablo en sus cartas: hacer memoria de Cristo resucitado (2 Tim 2,8-13). Ustedes seminaristas, deben hacerlo con la vida, el pensamiento, las palabras y sus acciones.

Todos los seminaristas, acompañados de los formadores, tienen que ser testigos de Cristo resucitado, para ello, están las dimensiones de la formación sacerdotal las diversas áreas de la formación. Y el seminarista, tanto de la Sede de Paso Ancho mayor como del seminario introductorio, debe asimilarlo en su proceso para que no tome el seminario como una simple institución, sino como un tiempo de formación, que le ofrece la Iglesia, en el camino y descubrimiento de su vocación que lo conduzca a la configuración con Cristo.

Querido jóvenes: sean testigos del Resucitado. Porque debemos ser buenos cristianos primero que nada. Incluso para ser buenos sacerdotes, debemos ser primero buenos cristianos haciendo memoria del Resucitado. Háganlo aquí en el seminario, en el estudio, la oración, la celebración diaria de la Eucaristía, el deporte, el trabajo y el descanso, así como en el compartir en comunidad. Que la Santísima Virgen María Reina de Los Ángeles, modelo de escucha a Dios interceda por nosotros.  Que así sea.

Homilía en la Misa de despedida de las Hermanas Oblatas en Siquirres

(Por el Pbro.  Eduardo Ramírez, Vicario General de la Diócesis de Limón)

Hoy, en el contexto de la celebración de la Pascua, nos hemos dado cita, para celebrar el don del Resucitado, y proclamar al mundo, éste, que es el Misterio fundante de nuestra fe. Y en este marco, como comunidad eclesial, para dar gracias a Dios porque, nuestra Iglesia diocesana fue bendecida por mas de cincuenta años, con la vida y acción apostólica de las hermanas Oblatas de la Providencia aquí en Siquirres, pero aún más allá en la comunidad de Limón desde donde han sabido extender su ímpetu evangelizador a toda nuestra Iglesia particular.

Desde aquel lejano 3 de marzo de 1964, que coronó, con la llegada de las primeras hermanas a Siquirres, las proféticas gestiones del Padre Roberto Evans; hasta nuestros días, las hermanas en medio de nosotros fueron testigos, de la presencia viva del Resucitado, en ambientes, circunstancias, y en tiempos en los que muchas veces, como en el camino de Emaús, su presencia parecía esconderse en el aparente fracaso de la Cruz. Esto para decir que su historia entre nosotros, estuvo marcada por la renuncia, la entrega sacrificada, la acción sin tregua en tantas comunidades que no permitía el cansancio, largas caminatas, y hasta travesías en bote, una acción catequética y educativa constante, y un testimonio silencioso que desde la sencillez luchó por la promoción de tantas personas, y por su evangelización.

La Palabra de Dios nos permite hacer una lectura que, desde la fe, hace brillar lo extraordinario de esta historia compartida, que sin duda ha sido historia de Salvación.

La lectura de los Hechos de los Apóstoles, pone de relieve tres datos que nos sirven de referencia para captar la realidad más profunda de nuestra gratitud a Dios: el primero, la desproporción entre la fuerza del Resucitado y lo que ella desencadena; y los medios pobres con que aparecen sus testigos ante el pueblo expectante y sediento de una novedad que sea capaz de dar sentido a su vida; el segundo, la contradicción evidente entre la acción evangelizadora y el encerramiento de un mundo que parece negarse a acoger la luz que proviene del Resucitado, aunque sin poder ahogar su potencial: “Él era la luz verdadera, la luz que ilumina a todo hombre, y llegaba al mundo… Vino a su propia casa, y los suyos no lo recibieron; pero a todos los que lo recibieron les dio capacidad para ser hijos de Dios”. El tercer dato, el que pone de relieve, cómo para el que ha sido llamado a ser testigo del resucitado, no hay ninguna fuerza o condición adversa, que pueda doblegar el anhelo de fidelidad al proyecto de Dios.

Estos datos son acentuados por el texto del Evangelio, en el que de frente a la incredulidad de quienes reciben el anuncio gozoso de que el Señor vive, parece levantarse como un muro infranqueable, la incredulidad de quienes lo reciben con dureza de corazón; pero que más allá de las dificultades termina reiterando el envío que el Señor hace de los suyos: “Vayan al mundo entero y proclamen el Evangelio a toda la creación…”.

 Se delinea de esta forma la misión de la Iglesia, que no consiste en otra cosa, sino en extender la luz del Resucitado, en saber penetrar toda realidad con la fuerza vital del misterio de su Pascua, abriendo tantos sepulcros que esperan que las piedras que les encierran puedan ser removidas; animando el camino de quienes caen rendidos bajo el peso de sus decepciones y de las heridas que la vida les dejó; dilatando corazones al despertar en ellos el nuevo ardor de la esperanza; proclamando simple y llanamente que sobre la Cruz venció la vida… esa ha sido la misión de las Hermanas Oblatas de la Providencia en medio de nosotros.

Si me pusiera a enunciar cada nombre, de todos los que a lo largo de estas mas de cinco décadas han entretejido esta experiencia pascual, correría el riesgo de omitir involuntariamente alguno; si me pusiera a narrar la tarea que cada una ha realizado a lo largo d esta historia, sin duda me quedaría corto.

No obstante, les pido que me permitan señalar, tres acciones fundamentales, que desdoblaron durante su permanencia entre nosotros, el carisma fundacional de las Oblatas de la Providencia: la animación de la vida en las comunidades; la acción catequética y la promoción integral de las personas. De una u otra forma, creo que la inmensa labor de tantas hermanas, de una u otra forma, dice referencia a estos tres ejes, que hoy siguen cobrando vida en nuestro 4° PDP.

Y quisiera, sin querer excluir a ninguna hermana del pasado o del presente, sino recogiendo lo que cada una de ellas ha sembrado en nuestros surcos y que son ahora el motivo de nuestra gratitud, hacer mención de tres nombres, cada una de ellos vinculada de una manera singular a uno de estos tres ejes, y que en sus vidas recogen la vida y el espíritu de todas las hermanas:

La hermana Rosario San Martín y Pan, una de las hermanas fundadoras que llegó a Siquirres aquel lejano 3 de marzo de 1964, y cuya huella sigue latiendo en tantas comunidades que incansablemente animaba, y a las que se desplazaba, desafiando caminos y sin que la detuviera ni el tiempo ni la distancia. Animadora de comunidades y formadora de animadores de comunidad, supo impregnar del espíritu del Concilio la vida de nuestra Iglesia, cuando apenas comenzaban a conocerse los frutos de una nueva forma de vivir la Iglesia en comunión y participación. El primer plan de pastoral del Vicariato Apostólico de Limón comenzó a recoger muchas de las semillas por ella plantadas, y está marcado por su huella.

La hermana Virginia Oña, tan querida y recordada en esta comunidad comunidad de Siquirres, catequista infatigable, formadora de tantos catequistas, e incansable apóstol que se sabía enviada a anunciar la buena nueva, y a ello se dedicaba a tiempo y a destiempo. La renovación catequética de nuestra Iglesia diocesana, tiene a la hermana Virginia entre un grupo de grandes catequistas que hicieron brillar la enseñanza de la fe, por su pasión y dedicación sin límite a generar procesos de crecimiento en la fe.

Finalmente la hermana Henrietta Luaces Bonhora, vinculada de manera singular a la labor de promoción desde la Caritas y Pastoral Social diocesana, que con tesón y dinamismo, se esforzó por poner de relieve la dimensión social del Evangelio haciendo viva la Palabra de Jesús: “Lo que hicieron con uno de mis más pequeños hermanos, conmigo lo hicieron” .

Ni sólo a esto se dedicaron estos tres baluartes de la evangelización, ni sólo ellas se dedicaron a estos. Sino que esta ha sido la tarea de todas las hermanas a lo largo de estas décadas, que en ellas tres quise recoger.

No en vano el Evangelio recoge lo que el Papa Francisco ha querido poner de relieve al elevar a María Magdalena en su fiesta litúrgica al nivel de los otros apóstoles. La obra evangelizadora no hubiera tenido su empuje inicial, sino hubiese sido por el impulso de la primera gran apóstol. Al genio femenino que en María Magdalena encuentra un real testigo debemos en gran medida el que el Evangelio siga convocando a los hombres y mujeres de todos los tiempos a la gran revolución de la ternura.

También entre nosotros, la tarea evangelizadora ha sido marcado por el  talante de la mujer, ejemplo vivo de ello son las hermanas Oblatas de la Providencia, de ayer y de hoy, por las que damos gracias infinitas a Dios.

Homilía Misa Crismal 2018

Bienvenidos a esta celebración hermanos sacerdotes, diáconos, seminaristas, consagrados y laicos venidos de toda nuestra diócesis para esta Santa Misa Crismal y todos aquellos que nos sintonizan a traves de Radio Casino, Bahía y Nueva.

La Misa Crismal, que siempre se celebra cercana a la Pascua, es tenida como una de las principales manifestaciones de la plenitud sacerdotal del obispo y como un signo de comunión de sus presbíteros con él. Siempre es presidida por todo obispo diocesano y concelebrada por su presbiterio.

Esta celebración, que nos reúne cada año en la Semana Santa, nos hace recordar elementos fundamentales de nuestra vida. Es una celebración que nos guía a la puerta misma del Santo Triduo Pascual; es precisamente de este Triduo de donde proviene toda la fuerza de lo que esta mañana vamos a realizar: la consagración del Santo Crisma y la bendición de los óleos de los catecúmenos y de los enfermos, que van a ser utilizados en toda la diócesis, como canales de la misericordia del Señor en la celebración de los sacramentos. Es una celebración que nos une como pueblo sacerdotal, profético y real.

Y para quienes hemos recibido la unción del crisma, de modo particular el día de nuestra ordenación sacerdotal, nos ayuda a hacer nuestra aquella exhortación del apóstol Pablo a Timoteo: “reaviva el don de Dios que hay en ti por la imposición de mis manos” (2 Tim 1,6); y nos hace conscientes de pertenecer a una realidad muy hermosa: a esta Iglesia de Limón y a este presbiterio diocesano, que unido a su obispo, hoy quiere renovar su entrega generosa al servicio del pueblo de Dios, confiados en la Palabra de Aquél que nos llamó, nos capacitó para el ministerio y nos sostiene diariamente con su gracia.

La primera lectura de este día, comienza con las siguientes palabras del profeta: “El Espíritu del Señor está sobre mí, porque el Señor me ha ungido y me ha enviado a dar la buena noticia a los pobres” (Is 61, 1-3). Estas palabras del profeta Isaías se refieren, ante todo, a Jesús, el Ungido de Dios por excelencia. “Hoy mismo se ha cumplido este pasaje de la Escritura que ustedes acaban de oír” (Lc 4, 21). Así comenta él mismo, en la sinagoga de Nazaret, el anuncio profético de Isaías. Todas las prefiguraciones del sacerdocio del Antiguo Testamento encuentran su realización en él, único y definitivo sacerdote y mediador entre Dios y los hombres.

Como ungidos y consagrados, todos los cristianos estamos llamados a dejar que el don de la nueva vida de la gracia, recibida en el sacramento del Bautismo, se desarrolle en nosotros mediante una fe viva en el Dios vivo, que viene a nuestro encuentro y nos ofrece su amistad y su amor en su Hijo; una fe personal en comunión con la fe de la Iglesia, que se alimenta en la oración y en la participación frecuente en los sacramentos de la Eucaristía y de la Reconciliación; una fe que es viva si actúa en la caridad. Todos los bautizados hemos sido ungidos para ser enviados a anunciar la Buena nueva que es Jesucristo. Nuestra vocación es ser discípulos misioneros del Señor.

En otro nivel distinto, los sacerdotes o presbíteros, por una unción muy especial, hemos sido ordenados para ser ministros de Cristo y del Pueblo santo de Dios; es decir, servidores que pastorean al pueblo sacerdotal, que anuncian la Buena nueva y ofrecen el sacrificio eucarístico a Dios, en nombre y en la persona de Cristo; somos sacerdotes no en provecho propio, sino para servir al sacerdocio bautismal de todo el pueblo santo de Dios.

Queridos sacerdotes. Somos servidores, no dueños ni amos del Pueblo santo de Dios. Estamos llamados a servir a todos los bautizados para que vivan su sacerdocio común; es decir, su unción y vocación bautismal, ofreciéndoles en nombre de Cristo la Buena nueva que les lleve al encuentro personal y transformador con Él y a su seguimiento en la comunidad cristiana; estamos enviados para ayudarles a descubrir o redescubrir la vocación a la alegría del amor de Dios y de amar a Dios y a los hermanos

Somos ungidos y enviados para acompañarles personalmente en su existencia y vida cristiana concretas: en las alegrías y en las penas, en los gozos, en las dificultades y en las crisis; ellos necesitan y reclaman nuestro testimonio y apoyo para hacer de su vida una ofrenda a Dios y una entrega a los demás, en la vocación concreta de cada uno; en una palabra, estamos llamados a servirles para que sean discípulos misioneros del Señor.

Quiero, en este sentido, agradecer la entrega que todos los días hacen por nuestro amado pueblo de Limón. Ser testigo directo de sus desvelos, muchas veces silenciosos, por la evangelización me conmueve y me hace darle gracias a Dios por su ministerio, ejercido a menudo en condiciones difíciles, donde siempre saben sacar lo mejor de su corazón de pastores.

En mis visitas a las parroquias aprecio la confianza y el cariño hacia su obispo, pero también su sinceridad para hablar de las situaciones difíciles por las que pasan, a nivel personal y pastoral. Agradezco que quieran resolverlas junto a quien ha sido puesto por Dios como cabeza de esta Iglesia particular, pero también como padre y amigo de cada uno de ustedes.

Hermanos, para ser servidores de la unción bautismal de los fieles, los pastores debemos dar un testimonio coherente de vida, hemos de vivir con fidelidad el don y misterio que hemos recibido. Nuestra fidelidad reclama no sólo conservar y perdurar en el tiempo, sino mantener el espíritu atento para crecer en fidelidad alejándonos de todas las tentaciones y las distracciones que pueden oscurecer nuestro servicio en la Iglesia.

La fidelidad al ministerio, siempre delicada, se ha vuelto más difícil, como bien sabemos, en nuestros días; y, sobre todo, se ha vuelto más difícil hacerlo con frescura y entrega generosa. Por eso, esforcémonos cada día por parecernos cada vez más al Señor en servicio, oración, cercanía y santidad.

¡No demos cabida en nuestras vidas a cualquier forma de desgano o hastío! ¡Evitemos caer en la rutina, la mediocridad o la tibieza, que matan toda clase de amor! ¡Acojamos la invitación del Señor a vivir con radicalidad evangélica el don y el ministerio recibidos! ¡Seamos responsables en nuestras tareas, serios y maduros en nuestra vida afectiva, preocupados por la oración, atentos a las necesidades de la comunidad cristiana y fieles a la misión de anunciar a todos el Evangelio!

Soy conocedor como ustedes, de las dificultades internas y externas en el proceso de la iniciación cristiana y en el crecimiento en la fe de niños, adolescentes y jóvenes; como también conozco de las dificultades de los matrimonios y familias ya constituidos para acoger y vivir la vocación al matrimonio y a la familia cristiana.

Me preocupa -y nos preocupa-, especialmente, el alejamiento de la fe y vida cristiana y de la Iglesia de tantos cristianos adolescentes, jóvenes y adultos, máxime ahora que la Iglesia Universal se prepara a celebrar la Jornada Mundial de la Juventud, en Panamá, Dios mediante. Esto no nos puede ser indiferente. Pese a todas las apariencias al joven y al hombre de hoy, les sigue interpelando la verdad y el sentido de vida que es y que ofrece Jesucristo.

El joven -el hombre y la mujer de hoy, se asemeja muchas veces a aquella samaritana que desea llenar su cántaro y su vida del agua viva; pero ni sabe lo que busca, ni conoce el agua viva y, así, sigue rodeándose de “maridos” que, en realidad, no son el suyo (Jn 4,17). Como pastores necesitamos ser cercanos y conocer a nuestros adolescentes y jóvenes; y hemos de amarlos -nunca despreciarlos- con el afecto del Buen Pastor, siendo testigos trasparentes de Él, para ofrecerles con verdadera pasión a Dios y a Cristo, el Camino, la Verdad y la Vida.

Queridos hermanos sacerdotes: en breves momentos vamos renovar nuestras promesas sacerdotales. Se trata de un rito que cobra su pleno valor y sentido, precisamente como expresión del camino de santidad, de fidelidad y de ardor apostólico, al que el Señor nos ha llamado por el camino del sacerdocio y del servicio pastoral. Cada uno de nosotros recorre este camino de manera muy personal, sólo conocida por Dios, que escruta y penetra los corazones.

Con todo, en la liturgia de hoy la Iglesia nos brinda la consoladora oportunidad de unirnos y sostenernos unos a otros, en el momento en que, a las preguntas del obispo, contestamos todos a una sola voz, diciendo: “Sí, quiero”. Esta solidaridad fraterna, no puede por menos que transformarse en un compromiso concreto de ser cercanos los unos a los otros, en las circunstancias ordinarias de la vida y del ministerio. No nos puede ser indiferente ningún hermano sacerdote.

Dios es siempre fiel. Él nos ha llamado, ungido y enviado. Y no se arrepiente de ello. Acojamos su fidelidad con la nuestra. La fidelidad que le frecemos al Señor, antes que respuesta nuestra a Dios, es fruto de la fidelidad de Dios hacia nosotros. No es tanto fruto de nuestra perseverancia, sino más bien como regalo de la gracia, como enseña San Agustín.

Por eso, siguiendo la invitación del salmo 88, cantemos una y otra vez las misericordias del Señor: cantemos su amor misericordioso con redoblada alegría en esta mañana, en que celebramos la fiesta de todo el Pueblo de Dios al contemplar hoy el misterio de la unción, que marca la vida de todo cristiano desde el día de su bautismo; y también de manera especial, de todos nosotros, hermanos en el sacerdocio, ungidos y ordenados presbíteros para el servicio del pueblo de Dios, que peregrina en Limón.

Que a todos nos sostenga la santísima Virgen María, Madre del Señor y Madre de los sacerdotes. Que Ella nos obtenga a nosotros, frágiles vasijas de barro, la gracia de llenarnos de la unción divina. Dóciles al Espíritu del Señor, seremos ministros fieles de su Evangelio y del Pueblo santo de Dios. Que así sea.

Mons. Javier Román Arias

Obispo de Limón

La Virgen María, madre del buen consejo

Queridos hermanos y hermanas.  Hemos peregrinado desde nuestra amada Diócesis de Limón para ponernos a los pies de la Negrita de los Ángeles. Siempre es una alegría llegar a la casa de la mamá y sentirnos abrazados por su amor incondicional.

Por generaciones, los costarricenses hemos venido a este Santuario para pedir la intercesión de la Virgen, para atestiguar sus favores y para dar gracias con el corazón conmovido por tanto amor.

Por eso, venimos con fe y alegría, a poner nuestros anhelos, esperanzas e ilusiones, al igual que nuestros sufrimientos, para que ella, como buena intercesora ante su Hijo Jesucristo, pueda hablarnos con la experiencia de madre.

Las lecturas que hemos escuchado, nos recuerdan que con razón los cristianos llamamos desde hace siglos con el título de “Madre del Buen Consejo” a la Virgen María.

Ella vivió siempre guiada por el Espíritu de Consejo, y nos aconseja hoy a nosotros como lo hizo en las bodas de Caná, hacer siempre lo que Jesús nos diga.

Por eso, en el texto del libro de los Hechos de los Apóstoles, escuchamos cómo la primera comunidad cristiana se va formando bajo la maternidad de María.

Los que fueron testigos del acontecimiento de la Ascensión del Señor, regresan a Jerusalén para prepararse a la llegada del Espíritu Santo, en ambiente de oración y meditación: Destacan los apóstoles, las mujeres, los parientes del Señor, pero sobre todo María, la madre de Jesús…

La obra y la presencia de María, no había terminado en el Calvario, al pie de la cruz de su Hijo. Los apóstoles formaban la primera Iglesia. Y María era la madre de esa Iglesia. ¿Cómo no iba a estar María ahí? Ciertamente María, no pertenece al grupo de los apóstoles, pues no ocupa un lugar jerárquico, pero es presencia activa y animadora de la oración y la esperanza de la comunidad.

La presencia de María, allí en el cenáculo, es solidaridad activa con la comunidad de su Hijo. Ella es la que, con mayor anhelo y fuerza implora la venida del Espíritu Santo. Su vida está jalonada de intervenciones del Espíritu Santo, quien la cubrió con su sombra y obró en ella la encarnación del Hijo de Dios.

Al recibir, una vez más, la Virgen María al Espíritu Santo en Pentecostés, recibe la fuerza para cumplir la misión que de ahora en adelante tiene en la historia de la salvación: María, Madre de la Iglesia.

Todo su amor y todos sus desvelos, son ahora para los apóstoles y discípulos de su Hijo, para su Iglesia que es la continuación de la obra de Jesús. Ella acompaña la difusión de la Palabra, goza con los avances del Reino, sigue sufriendo con los dolores de la persecución y las dificultades apostólicas.

María en el cenáculo es la Reina de los apóstoles, el trono de la sabiduría que les enseñaba a orar y a implorar la venida del Espíritu, era la causa de la alegría y el consuelo de los afligidos, y por eso les animaba y aconsejaba.

María, primera seguidora de Jesucristo, nos ofrece a Jesús en su regazo como maestro, camino, verdad y vida. En efecto, a María nuestra Madre, la podemos invocar como “Madre del Buen Consejo”: es Madre de Cristo, a quien  el profeta Isaías llamó proféticamente “Maravilla de Consejero»

Es así como hoy queremos celebrarla, como la Madre y Maestra que, enriquecida con el don de consejo, proclama de buen grado lo mismo que pregona la sabiduría del Antiguo Testamento: “Yo poseo el buen consejo y el acierto, son mías la prudencia y el valor” (ver  Prov 8, 14).

 

Una mirada a nuestra realidad

No podemos negarlo, vivimos en una sociedad que camina en tinieblas, que en muchos aspectos ha perdido el rumbo y que necesita dirección, ¡qué diferente sería todo si siguiéramos el consejo de la Santísima Virgen y le hiciéramos caso a Jesús!

Tendríamos un mundo en paz, con justicia y solidaridad, todos seríamos verdaderamente hermanos, nadie pasaría hambre ni estaría abandonado. El perdón y el amor marcarían nuestras relaciones humanas, no tendríamos entre nosotros odios, envidias ni rencor.

Venimos hoy como iglesia diocesana a las plantas de nuestra amada Virgen de los Ángeles para pedirle su consejo, confiados en que acudirá a nuestra necesidad, como lo hizo en el cenáculo, reuniendo y dando valor a los discípulos para la misión.

Le pedimos que nos ayude a hacer de Limón una provincia nueva, donde se vivan los valores cristianos y las enseñanzas de la Iglesia. Un Limón transfigurado en el que las familias se reencuentren, donde luchemos juntos para recuperar la paz, donde rechacemos el narcotráfico y sus consecuencias, donde trabajemos para conservar nuestros recursos naturales, procuremos calidad de vida para todos y nos sintamos parte de una Iglesia viva, cercana y misericordiosa.

Como hijos, le traemos hoy a la Virgen nuestras penas y preocupaciones.

Ponemos en el altar a nuestros indígenas, excluidos por siglos de los beneficios del desarrollo, acallados, explotados y marginados. Traemos también la dura realidad de las personas en situación de calle, a las víctimas de la violencia y las drogas, a los desalojados, desempleados y a todos aquellos que sufren por una u otra razón.

Como saben, he asumido el compromiso de acompañar de modo particular a nuestras comunidades indígenas. En nuestras montañas de Talamanca nacen y mueren niños por causas prevenibles, hay hambre, desnutrición, desempleo, faltan escuelas, acueductos y caminos. Nuestros indígenas viven rodeados de naturaleza, es su ambiente y su cultura, pero de eso a la miseria que yo he visto con mis propios ojos, hay una gran distancia.

Acaba de establecerse que la educación preescolar es obligatoria en el país, ¡pues que lo sea también para nuestros niños indígenas! Que lleguen a ellos los comedores escolares, mejores escuelas y atención médica permanente.

Hay esfuerzos, nadie lo niega, pero se puede hacer más. Hay que capacitar a los funcionarios de la salud en las lenguas y las costumbres nativas, construir puentes en puntos claves, generar emprendimientos y proyectos productivos.

Es una pena ver como el cantón de Talamanca, con toda la riqueza humana y natural que posee, es el número 80, entre 81, en el Atlas del Desarrollo Humano Cantonal (2016). Falta visión, falta compromiso y responsabilidad de las instituciones y de la misma Iglesia con ésta gente.

De hecho, en el índice mencionado, Limón reporta a todos sus cantones por debajo del promedio nacional, una situación explicable en la precariedad del empleo en la provincia: de acuerdo a la Encuesta Continua de Empleo, la informalidad ronda el 40% de la población ocupada en la región, es decir, se trata de personas cuyos ingresos son menores a los de un salario mínimo y por lo tanto no pueden ni siquiera cubrir sus necesidades básicas de alimentación, vestido o vivienda.

Y no es algo nuevo. La Encuesta Nacional de Hogares muestra como la pobreza extrema de la región Caribe pasó de 7,5% en el 2010 a 11,1% en el 2015. Lleva razón quien afirma que la pobreza es una semilla que halló en la zona atlántica un terreno fértil para germinar y crecer con más vigor que en cualquier otra región del país.

Esta realidad tiene que sacudir los corazones y mover a la acción a las instituciones públicas, el gobierno central, las municipalidades, las asociaciones indígenas y las organizaciones no gubernamentales que operan en la provincia.

 

Los limonenses merecemos respeto

Todos nos alegramos por el anuncio de nuevos proyectos en nuestra provincia, modernas construcciones y carreteras, pero siempre hay quienes pierden con todo esto. No nos olvidemos de los que quedarán desempleados, no posterguemos la solución para el próximo gobierno, busquemos juntos nuevas oportunidades para que sigan llevando sustento a sus familias.

Aparte de la carretera y el nuevo puerto, se habla de una Zona Franca en Siquirres, de un nuevo aeropuerto internacional en Matina, del desarrollo de residenciales y condominios en Moín, de centros comerciales, marinas y nuevas industrias… solo el tiempo dirá si se trata de palabras que el viento se lleva o de verdaderos proyectos para incentivar el desarrollo y el trabajo a nuestra provincia.

Hace unos años hablaban de Limón Ciudad Puerto, de miles de millones de dólares en inversión, de proyectos económicos de gran envergadura, de apoyo a las iniciativas culturales y al turismo… ¿Y en qué quedó todo eso? ¡Los limonenses merecemos respeto! ¡No más palabras! ¡Queremos acciones!

Otro tema que presentamos esta mañana a La Negrita de los Ángeles es la violencia que sigue llevando luto y dolor a nuestras familias limonenses. Sabemos que hay un tema delicado de por medio, como es el tráfico de drogas, ante el cual es necesario redoblar, desde todos los flancos, una lucha frontal y decidida, que comienza en las familias, pero que incluye también la necesidad de una mayor respuesta de parte de los cuerpos policiales a este problema.

Nuestras familias y hogares tienen que ser faros de paz, lugares donde siempre queramos llegar porque encontramos tranquilidad, amor y ternura. Donde encontremos comida y cariño, donde los problemas se resuelven en paz, hablando y llegando a acuerdos.

En hogares así no hay espacio para que penetren los vicios y todo lo que conlleva ello. Tenemos que blindar nuestras familias con amor, darles a nuestros hijos razones para levantarse y querer ser mejores personas, haciendo sentir en sus vidas el amor y la misericordia de Dios.

El año pasado los limonenses nos manifestamos con fuerza en una marcha a favor de la paz y la convicencia social. ¡Los limonenses queremos paz! ¡merecemos paz! deseamos vivir sin la amenaza de quedar en medio de un tiroteo, de un asalto o un ajuste de cuentas.

Solo en el 2016, según datos del Organismo de Investigación Judicial, murieron 116 personas de forma violenta en Limón.

Es una guerra la que se libra en nuestra provincia a causa principalmente del tráfico de estupefacientes. Jovenes limonenses… a ustedes les hablo de frente, ¡cuidado con caer en las trampas de las drogas! ¡cuidado con creer que nada les va a pasar! ¡rechacen cualquier tentación de dinero fácil, esfuércense, estudien y salgan adelante de modo honesto y legal!

Cuando alguien se acerque y les ofrezca una vida fácil a cambio de involucrarse en asociaciones ilicitas, recuerden todos estos muertos, los cientos de encarcelados, el dolor de sus padres y las oportunidades truncadas por no haber dicho con firmeza que NO en su momento.

Que en nuestras pastorales juveniles,  grupos de pastoral familiar, catequesis y en cada una de nuestras predicaciones insistamos en esto: a Limón lo sacamos todos adelante, cada uno haciendo lo suyo, ayudándonos mutuamente, porque ¡unidos a Cristo somos invencibles!

 

 La esperanza no defrauda

 La generación de empleo y educación crean gran expectativa en Limón. Esto supone una luz para esta población que espera con ansias el crecimiento y el desarrollo que les ha dado la espalda por años.

Deseamos en limón, no solo la presencia de más empresas, sino también la presencia de más centros de estudio,  como lo son las universidad públicas y privadas. Con su llegada, miles de jóvenes podrán profesionalizarse y hacer frente a los nuevos retos que están por llegar a limón.

Si se logra generar el empleo en la zona, será beneficioso para todos los hogares, por eso es importante que quienes lleven las riendas de este país, se pongan la mano en el corazón,  para invertir no solo en mega puertos, sino también en temas de educación técnica y de la enseñanza de otros idiomas, para que los jóvenes puedan responder a las demandas de las inversiones  se dice se generarán.

Por eso,  quiero decirles mis queridos limonenses que:  ¡La esperanza no defrauda! Pues,  esta es la raíz de nuestra seguridad, la raíz sobre la cual pondremos todos nuestros esfuerzos para tener un Limón nuevo.

Y con esta esperanza, debo decir en justicia también, que no debemos esperar que todo nos caiga del cielo. Hagamos lo propio, esforcémonos, tengamos ilusiones nuevas y trabajemos por un futuro mejor.

 

 El caminar de nuestra Iglesia

Nuestra Iglesia en Limón tiene en su IV Plan Diocesano un norte. Deseamos vivir y promover en todos los agentes de pastoral una profunda conversión personal y pastoral, para que, con actitud de discípulos y misioneros podamos recomenzar, desde Cristo, una vida nueva en el Espíritu, teniendo siempre presente a los hermanos más necesitados.

Queremos impulsar en la Diócesis de Limón la Nueva Evangelización, que desde el encuentro personal y comunitario con Jesucristo vivo, forme  discípulos misioneros, que guiados por el Espíritu Santo respondan a la realidad presente colaborando en la construcción del Reino.

Buscamos hacer que las comunidades, y movimientos eclesiales se pongan en estado de misión permanente, a fin de llegar a los sectores más alejados de la Iglesia, a los pobres, a los indiferentes  y a los no creyentes.

Además, destacar que la vida plena en Cristo es una realidad que se comparte en el servicio a la sociedad y a las personas, para que puedan crecer y superar sus interrogantes, penalidades y conflictos con un profundo sentido de humanidad.

Lo hacemos confiados no en nuestras fuerzas, sino en el impulso de Cristo Jesús, Señor de la Historia, y contando siempre con el consejo y la protección maternal de Nuestra Madre Bendita La Negrita de los Ángeles, a quien hoy aquí en su Santuario dejaremos un ejemplar de nuestro Plan Pastoral Diocesano, con la intención de que nos guíe en su aplicación

Queridos hermanos, deseo terminar esta homilía, con la siguiente oración a Nuestra Señora del Buen Consejo:

 Madre del Buen Consejo, dirige tu maternal mirada sobre nosotros.

Deseamos imitarte y seguirte para aprender a tratar y amar a Jesús,

Señor de nuestra existencia.

 El será nuestro tesoro, que mostraremos con gozo a la humanidad.

Por eso te necesitamos:

“Ven con nosotros”, guíanos, Tú, Madre del Buen Consejo

y acompáñanos en la búsqueda

de aquello que Tu Hijo ha pensado hoy

para cada uno de nosotros.

 Preséntanos a Jesús, enséñanos a escucharle

y a servirle donde Él nos necesite.

Recuérdanos el consejo que diste en las bodas de Caná:

“Hagan  lo que Él les diga”.

 Por eso Madre y Señora, sé tú la inspiración de nuestros pensamientos, la guía de nuestros pasos, la maestra de nuestra disponibilidad y la Madre y consejera de nuestra perseverancia.

 Amén.