Homilía Ordenación Presbiteral del Diácono Armando Rodríguez

Queridos hermanos, buenos días a todos, especialmente al padre rector y a los formadores del Seminario Nacional Nuestra Señora de los Ángeles, que han sido tan decisivos en la formación de nuestro diácono Armando, que en pocos minutos será consagrado sacerdote.

Saludo con afecto a los sacerdotes concelebrantes, seminaristas, laicos y amigos venidos de toda nuestra diócesis, a aquellos que nos escuchan a través de Radio Nueva, nuestra emisora diocesana, y a quienes han llegado de la Parroquia San Isidro Labrador de Jiménez, del pueblo de Anita Grande, la tierra natal de Armando y a los de aquí de Catedral, donde ha servido en los últimos meses como diácono.

Desde luego que un saludo muy caluroso también a su estimable familia. ¡Qué alegría y que orgullo ver a un hijo entregarse por completo a Dios!

La Diócesis de Limón está de fiesta porque un nuevo presbítero se incorpora a nuestro presbiterio. Yo mismo siento el regocijo de ordenar al primer sacerdote de mi ministerio episcopal. Desde ahora querido Armando, buscaré con todas mis fuerzas ser un padre para usted. No tema acercarse a mi cuando lo necesite, aquí estaré hasta que Dios quiera.

Las lecturas de esta Fiesta de la Transfiguración nos ayudan a comprender lo que hoy celebramos.

Con la transfiguración sobre el monte Tabor, Jesucristo nos indica que la verdadera felicidad consiste en la unión con Dios. En esta unión el ser humano cambia, se transfigura, el alma se llena de luz divina y se torna semejante a Dios.

Hoy Armando, su vida se Transfigura para mostrar la gloria de Dios, como Jesús se la mostró a aquellos tres discípulos. Usted, por la fuerza de la gracia y la misericordia, va a mostrar a Dios a todos los que en adelante se crucen por su vida.

Hoy usted puede decir, ¡que lindo estar aquí, hagamos tres chozas!, pero sepa que al bajar de la montaña, al salir de  esta Catedral le espera la realidad de un mundo sediento de Dios pero que busca la realización en ilusiones vanas que lo consumen en la desesperanza, el rencor y llevan a muchos a rebelarse incluso contra la propia fe.

Hoy el sacerdote, y todo aquel que cree en Cristo, está llamado a dar la vida, a ser mártir. Porque ser sacerdote no es un privilegio, sino un servicio, y por eso debe darse por entero y con valor a aquellos a quienes es enviado.

El sacerdote está llamado por eso a estar subiendo a la montaña, para orar, para encontrar a Dios y fortalecerse en ese camino de transfiguración, especialmente cuando vienen las tempestades, las debilidades y las tentaciones… la fuerza brota solo de Dios.

Por el sacramento del Orden, Armando, hoy va a ser configurado con Cristo, Sumo y Eterno Sacerdote, Cabeza y Pastor. Cuando le entregue la patena y el cáliz, escuchará estas palabras: “Recibe la ofrenda del pueblo santo para presentarla a Dios. Considera lo que realizas e imita lo que conmemoras, y conforma tu vida con el misterio de la cruz del Señor”.

Nada, absolutamente nada de cuanto constituye el sacerdocio, procede de nuestra capacidad personal. Así nos lo recordó el Señor que dijo: “Sin mí no podéis hacer nada” (Jn 15, 5). Solo apoyado en Cristo podrá decir como San Pablo: “Todo lo puedo en Aquel que me conforta”.

Ser ministros de la Palabra, administradores de los sacramentos y servidores del Pueblo de Dios, especialmente de los pobres y necesitados, nos exige llevar una vida espiritual intensa, que se alimenta en la oración y en el trato frecuente con Jesucristo.

Nuestro ministerio y la comunidad cristiana exigen a los sacerdotes que seamos hombres de Dios. Si el sacerdote es “el hombre de Dios”, que pertenece a Dios y ayuda a conocerlo y amarlo, no puede dejar de cultivar una profunda comunión con Él, permanecer en su amor, dedicando tiempo a la escucha de su Palabra.

Y junto a esta intimidad con Jesucristo, el sacerdote debe también cultivar la fraternidad en el presbiterio diocesano.

El Concilio Vaticano II nos recuerda que “los presbíteros forman un único presbiterio y una única familia cuyo padre es el Obispo” (Christus Dominus 28).

Hace unos días celebrábamos la fiesta de San Juan María Vianney, el santo cura de Ars, patrono de los sacerdotes del mundo. Se trata de una figura que siempre ha llamado mi atención por la capacidad que tuvo, en medio de sus muchas limitaciones, para cumplir el plan de Dios en su vida.

El Cura de Ars era muy humilde, pero tuvo conciencia de ser, como sacerdote, un inmenso don para su gente. Y es que un buen pastor , un pastor según el Corazón de Dios, es el tesoro más grande que el buen Dios puede conceder a una parroquia, y uno de los dones más preciosos de la misericordia divina.

El propio San Juan María, explicando a sus fieles la importancia del sacramento del Orden, parecía sobrecogido por un inmenso sentido de la responsabilidad: Decía: “si comprendiéramos bien lo que representa un sacerdote sobre la tierra, moriríamos: no de pavor, sino de amor… Sin el sacerdote, la muerte y la pasión de Nuestro Señor no servirían de nada. El sacerdote continúa la obra de la redención sobre la tierra… ¿De qué nos serviría una casa llena de oro si no hubiera nadie que nos abriera la puerta?˝, se preguntaba.

Este santo llegó a Ars, una pequeña aldea de 230 habitantes, advertido por el obispo sobre la precaria situación religiosa: “No hay mucho amor de Dios en esa parroquia; usted lo pondrá”, le dijo antes de enviarlo.

Bien sabía él que tendría que encarnar la presencia de Cristo dando testimonio de la ternura de la salvación: “Dios mío, concédeme la conversión de mi parroquia; acepto sufrir todo lo que quieras durante toda mi vida”. Con esta oración comenzó su misión. El Santo Cura de Ars se dedicó a la conversión de su parroquia con todas sus fuerzas, insistiendo por encima de todo en la formación cristiana del pueblo que le había sido confiado.

Pidamos al Señor Jesús la gracia de aprender también nosotros el método pastoral de san Juan María Vianney. En primer lugar, su total identificación con el propio ministerio, el reconocimiento y la promoción de la dignidad de los laicos y su misión en la Iglesia, y por encima de todo, enseñar con el testimonio de vida.

En esta línea, el Papa Juan Pablo II enseñaba que la clave absolutamente necesaria para entender el sacerdocio es la referencia a Cristo, el Sumo y Eterno Sacerdote. Los presbíteros son llamados a prolongar la presencia de Cristo, único y supremo Pastor, siguiendo su estilo de vida y siendo como una transparencia suya en medio del rebaño que les ha sido confiado.

Los presbíteros, ampliaba San Juan Pablo II, son, en la Iglesia y para la Iglesia, una representación sacramental de Jesucristo, cabeza y Pastor. Sin los sacerdotes la Iglesia no podría cumplir con ese mandato de Jesús de anunciar el evangelio y renovar el sacrificio eucarístico.

Por eso el sacerdote, Armando,  como hombre de Dios, debe nutrirse de una profunda intimidad con Él,  para poder guiar a los fieles hacia su encuentro.

“Los cristianos esperan encontrar en el sacerdote no sólo un hombre que los acoja, que los escuche con gusto y les muestre una sincera amistad, sino también y sobre todo un hombre que les ayude a mirar a Dios, a subir hacia Él. Es preciso, pues, que el sacerdote esté formado en una profunda intimidad con Dios”, repetía el Papa Santo.

Estamos viviendo el Año de la Misericordia. Un tiempo en que se nos pide sentir el amor de Dios para compartirlo con los hermanos.

En este marco, celebrando el Jubileo de los Sacerdotes, el Papa Francisco nos recordaba que en el corazón del Buen Pastor resplandece el amor del Padre; y ahí es donde tenemos la seguridad de ser acogidos y comprendidos como somos; ahí, con todas nuestras limitaciones y pecados, es posible saborear la certeza de ser elegidos y amados.

Por eso, para renovar este primer amor, esto que hoy usted está sintiendo querido Armando, es necesario renovar el recuerdo de cuando el Señor tocó su alma y lo llamó a seguirlo, esto es, la alegría de haber echado las redes de la vida confiando en su palabra.

Que nunca olvide este día Armando, en que el amor de Dios ha sido derramado en usted, en que se le instituye “otro Cristo”, para entregarse y servir a los demás. Hoy, querido hijo, debe ser el día más feliz de su vida, un día que no acaba con la puesta del sol, sino hasta cuando se reúna con Dios en el cielo, en la fuente de la eterna felicidad.

El corazón del buen pastor, como explica el Papa Francisco es, en primer lugar, un corazón que busca: que no privatiza los tiempos y espacios, que no es celoso de su tranquilidad, y nunca pretende que no lo molesten. El pastor, según el corazón de Dios, no defiende su propia comodidad, no se preocupa de proteger su buen nombre, sino que, por el contrario y sin temor a las críticas, está dispuesto a arriesgarlo todo con tal de imitar a su Señor.

Es un corazón que incluye, como Cristo que ama y conoce a sus ovejas, da la vida por ellas y ninguna le resulta extraña. No es un jefe temido por las ovejas, ¡nadie debe de sentir miedo ante nosotros! sino el pastor que camina con ellas y las llama por su nombre para reunir a las que todavía no están con él.

Finalmente, el corazón del buen pastor es un corazón alegre, que encuentra paz y serenidad en las cosas pequeñas: en la sonrisa de los niños, en la acogida de los pobres, en el consejo de los ancianos, en una vida de auténtica santidad, donde, como el hijo pródigo, sabe siempre que si se equivoca, puede volver a casa y experimentar el perdón.

El corazón del buen pastor está siempre abierto y atento, como lo tiene que estar el templo en el que sirve. ¡Nada de iglesias cerradas, horarios de atención, obstáculos o pretextos! Hay que unir a los fieles en una única familia y que tengan siempre delante la figura del Buen Pastor, misericordioso, humilde y siempre dispuesto a ayudar.

Armando y mis queridos sacerdotes, cuiden siempre el sacramento de la confesión. Ustedes mismos confiésense con frecuencia e inviten a los fieles a hacerlo con regularidad. Que el confesionario no sea una sala de torturas nos pide el Santo Padre, sino el lugar de la misericordia de Dios.

Nada hacemos regañando o culpando a quien, ya de por sí conmovido por el pecado, se acerca tal vez con timidez y temor para liberarse de esa carga. Acojamos, aconsejemos, guiemos e iluminemos sus vidas. Que quien sale de la confesión se sienta liberado, amado e invitado a volver a casa. Jesús aborrecía el pecado pero amaba al pecador, los abrazaba y los convertía en discípulos suyos… nunca lo olvidemos.

El impulso de la Nueva Evangelización exige de nosotros ser pastores en salida, al encuentro del mundo, para ser multiplicadores del perdón y la paz. A veces podemos sentir la tentación de que es más fácil quedarnos encerrados, pero no seríamos dignos testigos del Maestro, porque la dirección que Jesús indica es de sentido único: salir de nosotros mismos a darlo todo.

Hay que gastarse, cansarse y ensuciarse si es necesario por el anuncio del Evangelio. El gozo del pastor es terminar cada día exhausto por llevar a Cristo a los hermanos. ¡Nada de perezas ni vagancias. En Limón hay mucho trabajo y hay que hacerlo ya!

Olvidémonos de los cálculos sobre un futuro estable o bien remunerado. Arriesguémonos a dejar las comodidades, que son signo de un egoísmo sin esperanza ni confianza en Dios.

Los verdaderos discípulos están llamados a una vida de amor concreto, de servicio y disponibilidad. Porque quien ha optado por configurar toda su existencia con Jesús ya no elige dónde estar, sino que va allá donde se le envía y está siempre dispuesto a responder a quien lo llama.

Esto deseo para usted, querido hijo mío, que encuentre la alegría de ser un verdadero discípulo. Su realización será la mía y la de la Iglesia.

Estos consejos resumen mis sentimientos el día de hoy y son el mejor regalo que podría darle por su ordenación.

Que Dios nos bendiga a todos, Amén.

 

+ Javier Román Arias

Obispo de Limón

Publicado en Homilias.

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