Homilía por el 400 aniversario de la Congregación de la Misión

Hoy es un día muy especial para la Iglesia. Celebramos cuatro siglos de la Congregación de la Misión, que tanto bien ha hecho a la humanidad en nombre de Cristo. Es un día de celebración y de fiesta, pero también de agradecimiento y de reflexión.

La Congregación de la Misión desde sus inicios, en el corazón de San Vicente de Paúl y Santa Luisa de Merillac tuvo como centro y fin a la persona humana, en cuya dignidad de hija de Dios, procuraron siempre -y lo siguen haciendo- cumplir con los consejos evangélicos de amor y misericordia al prójimo.

¡Qué necesario sigue siendo hoy, 400 años después, este principio de amor al prójimo! Vivimos tiempos convulsos, dominados por el egoísmo, la violencia y el materialismo. Son ustedes queridos vicentinos, llamados a seguir impregnando el mundo de encuentro, caridad y fraternidad.

Son ustedes rostro de Cristo en la Iglesia, caricia, consuelo y compañía, concretados en tantas y tantas obras y presencias, muchas de las cuales nunca son noticia, pero que encierran dentro de sí la semilla del Reino de Dios.

Nos encontramos en el Seminario Nacional, un lugar emblemático para el carisma vicentino en Costa Rica, pues los primeros padres vinieron a este lugar a encargarse de la formación sacerdotal, y lo hicieron con entrega y sabiduría de 1893 a 1966.

La historia de la iglesia en Costa Rica nos pone en deuda con la familia vicentina. ¡Gracias queridos vicentinos por tanto servicio, por tantas luchas y por tanto sacrificio! No hay en Costa Rica nadie que pueda decir que no ha recibido los frutos de su empeño.

Muy en particular mi amada Diócesis de Limón tiene una conexión muy cercana con ustedes. Fueron vicentinos quienes sentaron las bases de la evangelización en nuestro territorio, fueron ustedes los que se adentraron en Talamanca para ir al encuentro de nuestros hermanos indígenas, fueron ustedes los que animaron y consolidaron la Iglesia viva que hoy tenemos.

Cómo no recordar al gran Monseñor Bernardo Augusto Thiel que en 1921 le encarga a los vicentinos la evangelización de Limón, año desde el cual hay presencia de la Congregación entre nosotros, y que deseo con todo mi corazón que siga ahí.

El mismo Monseñor Thiel recorrió el territorio indígena como un misionero más, superando enormes dificultades y graves peligros. Su testimonio, recogido en valiosos escritos, son todo un legado a su memoria y una obligación para quienes hoy servimos a Dios en esta porción de su Iglesia.

Yo los invito a emular al Padre Plaza, que con admiración y detalle siempre busca estos relatos de la misión histórica en Talamanca. Son textos que inspiran y empujan a salir de la comodidad y la pereza que a veces nos anestesian la vocación.

Cómo no hacer memoria y rendir tributo hoy a nuestros queridos obispos y sacerdotes vicentinos. Nuestros Bernardos… cuánto les debemos por su ejemplo. A todas partes donde uno llega alguien tiene algo bueno que decir de ellos, de su espíritu solidario y su capacidad para hacer suyas las necesidades y el dolor de los hermanos.

 

Preguntémonos hoy, ¿qué pudo motivar a estos hombres a enterrarse en vida, cuando pudieron optar por las comodidades que les ofrecía la Alemana primermundista?, ¿qué les hizo renunciar a sus  más íntimos lazos  familiares para meterse en un mundo ajeno?, ¿de dónde emergió la fortaleza para que tomaran las riendas de la Evangelización en tierras muy difíciles?

Solo cumplían con su deber. Un deber que nace de la condición de bautizados, y que por lo tanto compartimos todos.

Mirando estos ejemplos uno logra entender el carisma vicentino, que nace un 25 de enero de 1617 en Francia, cando Vicente comienza a cuestionarse su vida con dos preguntas clave: ¿Quién es Jesús y cómo lo sigo?, y en este camino de conversión siente el llamado del Señor.

Vicente descubre que Jesús le pide el servicio a los pobres, y por lo que entiendo, el Cristo pobre nos llama desde las periferias y nos invita a responder, es decir, que la espiritualidad vicentina es la respuesta a la llamada de Cristo pobre entre los empobrecidos, es llevar a los hechos concretos el Evangelio.

San Vicente pide a los suyos ser capaces de contemplar a Dios y a Cristo en los rostros sufrientes y desfigurados de los pobres mirándolos a la luz de la fe. Ese rostro desfigurado de los pobres es el rostro de Cristo. (Cfr. Is. 50, 4-9)

Decía el santo fundador que los pobres son nuestros amos y señores, pues los pobres son el lugar de la presencia de Cristo, son sus imágenes dolientes. Cristo, el Siervo desfigurado, es el Señor a quien los vicentinos, y todos los cristianos, debemos amar y servir.

Los pobres son nuestros jueces, la presencia de Cristo en ellos los convierte en jueces de la humanidad, principalmente por lo que se deja de hacer con ellos… ignorando al pobre desatendemos a Cristo.

Los pobres vulgares y groseros son para los Vicentinos el Sacramente sufriente del Señor. Por eso los pobres, sus barrios, las calles y hospitales son los santos lugares de los Vicentinos.

Este carisma consiste, en concreto, en llevar a la práctica la Caridad, no con palabras, sino con hechos concretos, no es la compasión sino el actuar, por eso en la historia vicentina las asociaciones de hombres y mujeres se han caracterizado por su capacidad de amar de una manera práctica, concreta y efectiva. Aman sirviendo y ensuciándose las manos en el servicio a los pobres.

Por eso queridos hermanos, así como se plantea el carisma Vicentino, porque así nació, desde la experiencia de San Vicente, el pobre nos evangeliza, porque nos libera de vivir centrados en nosotros mismos, nos cura de las heridas del aburguesamiento, nos sana de nuestras miopías. Ellos le dan dirección y sentido a nuestra vida, por eso, como decía antes, son nuestros señores y nuestros amos. Alejarse de los pobres es alejarse de Dios.

Todo esto debe llevarnos a realizar nuestro examen de conciencia, el ejemplo del Papa Francisco también nos ayuda a mirar nuestro caminar. Preguntémonos, ¿realmente estamos dedicados a los más pobres, o nos hemos alejado de Dios en ellos?, ¿buscamos hoy más nuestra comodidad? ¿Estamos siendo fieles a ese carisma?, ¿no será este año una gracia de Dios para retomar el Evangelio que se hace vida en los pobres?

El Carisma Vicentino es un carisma misionero, la historia así lo demuestra, es salir de la comodidad, e ir al encuentro de los demás. Pero hoy las misiones trascienden lo geográfico. Hay pobrezas de pobrezas. Hay miseria espiritual rodeada de opulencia y lujo, hay carencias esenciales en medio de modernidad y confort. Hay vacío materialista y dolores del alma. También estos son campos de misión que no podemos abandonar. Son pobrezas en las que también Cristo se refleja y necesitan nuestra acción decidida.

Aquí es donde la familia vicentina, en toda su extensión y riqueza, puede y debe seguir sirviendo a la Iglesia en el mundo moderno. Sin descuidar la pobreza material de tantos y tantos hermanos, mirar también estas pobrezas que también son semillas de injusticia y exclusión.

Siempre he destacado el papel de los laicos dentro de la familia vicentina. Están llamados a fecundar sus entornos inmediatos con el amor de Dios, y nosotros, a ofrecerles el acompañamiento y la formación necesaria para hacerlo.

En fin, se trata de un momento de mucha alegría, de un aniversario que refleja la acción y la presencia de Dios en su Iglesia. ¿Qué obra humana dura 400 años? ¡Ninguna! Esta es una obra de Dios y de su Santo Espíritu.

Sigamos agradeciendo a Dios por tanto amor.

 

Mons. Javier Román Arias

Obispo de Limón

Publicado en Homilias.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

uno × 3 =