La educación religiosa no es un privilegio, es un derecho humano

Un saludo muy especial a ustedes directores, asesores y docentes de Educación Religiosa. También a ustedes queridos agentes de la pastoral educativa, estudiantes y jóvenes.

Qué alegría reunirnos una vez más para celebrar lo más sagrado que tenemos los cristianos, el sacramento del amor, el centro y culmen de nuestra fe, como lo es la Eucaristía.

Si es cierto que los sacramentos son una realidad propia de la Iglesia que peregrina en el tiempo hacia la plena manifestación de la victoria de Cristo resucitado, también es igualmente cierto que, especialmente en la liturgia eucarística, se nos da a pregustar el cumplimiento celestial hacia el cual se encamina todo hombre y toda la creación (cf. Rm 8,19 ss.).

El hombre ha sido creado para la felicidad eterna y verdadera, que sólo el amor de Dios puede dar. Pero nuestra libertad herida se perdería si no fuera posible experimentar, ya desde ahora, algo del cumplimiento futuro. Es lo que vivimos aquí.

Para poder caminar en la dirección correcta, necesitamos ser orientados hacia la meta final. Esta meta última, en realidad, es el mismo Cristo Señor, vencedor del pecado y la muerte, que se nos hace presente de modo especial en la Celebración eucarística.

 

La fe de los primeros cristianos

Hemos escuchado en la proclamación de la Palabra, que una noche, en una visión, el Señor dijo a Pablo: “No temas, habla sin callar nada, porque yo estoy contigo”. Los primeros cristianos estaban convencidos de la Presencia de Cristo y esto constituía su fuerza. En las dificultades cotidianas ellos ponían toda su confianza en esta certeza.

“¡No temas!” “¡estoy contigo!”. ¡Qué frases más llenas de esperanza! Pidamos también nosotros el don de la fe para experimentar esta seguridad.

Pablo está retenido en Corinto, y recibe noticias de las dos últimas comunidades fundadas -la de Tesalónica y la de Filipos-.

Sabiendo las situaciones por las que pasan, les dicta dos cartas para fortalecerlos en su fe. Son los primeros escritos del Nuevo Testamento, apenas veintidós años después de la resurrección.

De hecho, Pablo permanece en Corinto un año y seis meses, enseñando entre los corintios la Palabra de Dios.

Es preciso tratar de imaginar esa pequeña comunidad naciente, en sus comienzos, durante ese primer año de existencia. Pablo está allí, él, el apóstol. Y Pablo proclama la Palabra de Dios. Y Jesucristo está allí, presente en sus eucaristías.

El cristianismo no puede vivirse aisladamente. Desde el principio, instintivamente los cristianos se organizaron en pequeños grupos que se reunían en torno al evangelio y a la partición del Pan y del Vino. Compartían y enseñaban a las nuevas generaciones la fe que habían recibido de sus padres.

Fueron, podríamos decirlo con propiedad, los primeros educadores de religión que hubo en la Iglesia. Testigos cercanos de la resurrección del Señor, no podían callar todo aquello que habían visto y oído.

Corinto, en aquella época, era una ciudad pagana. No había un lugar destinado al culto cristiano. Las ceremonias cultuales eran todas ellas destinadas a sus dioses: Atenea, Zeus, Dionisos y otros.

Los cristianos se reunían en la casa de alguno de ellos. Sin duda, como nos narra la propia Escritura, en casa de Priscila y Aquila, un matrimonio fabricante de tiendas, como Pablo.

Eran personas completamente normales, que tenían que trabajar para poder vivir. En ellos, como en nosotros hoy, recae la inmensa tarea de la evangelización. El resto de la historia la conocemos: muchos de ellos entregaron su vida por el anuncio de Cristo. Porque este es el premio de los que siguen sus pasos: encontrarán dificultades, los calumniarán y atacarán, pero el premio reservado para los que se mantengan fieles será la vida eterna.

 

Tristeza que se convierte en alegría

Así, en el Evangelio, vuelve a hacerse presente el tema de las duras tareas y penalidades que tendrán que enfrentar los discípulos de Jesús tan pronto él se haya ido; lo cual, como él mismo asegura, va a servir para alegría del Maligno.

Pero también les hace saber que todos estos infortunios serán como los de una parturienta al momento de dar a luz: al final, el cúmulo de experiencias será tal, que de todas aquellas dolencias y angustias no quedará nada, porque todo quedará consumido en la feliz presencia de la criatura recién nacida.

Para volver más responsables a sus discípulos, frente a las opciones que decidieron asumir, Jesús establece algunas otras precisiones que van a servirles de experiencia durante todo su proceso.

Les confirma que a pesar de que no tendrán su presencia física, la compañía que les ofrecerá va a ser de mucha valía para todos. Cuando ya estén viviendo verdaderamente el proyecto del Reino, estarán tan convencidos de la valía de tal causa, que ya no tendrán que preguntarle nada más. Esa capacidad de saber qué es necesario y qué no, la obtendrán por la asistencia del Espíritu.

Para la comunidad debe quedar claro el hecho de que la adhesión a la Causa del Reino de Dios pasa necesariamente por el dolor. Este dolor es más que una metáfora de la entrega de nuestra vida a la causa del más necesitado (Mt 25, 31ss). Al final sólo recordaremos el fruto regado con tantas lágrimas.

La Palabra de Dios para este día nos recuerda dos fundamentales características de los testigos de la resurrección: no dejarse dominar por el miedo y no silenciar el mensaje de Vida Nueva propuesto por Jesús.

La Iglesia, cuando vive su vocación profética y busca que su anuncio a favor de la vida vaya acompañado con la denuncia de las injusticas siempre terminará incomodando.

Hoy son muchos los que en distintas partes del mundo son amenazados y amedrentados por la defensa de la vida en todas sus formas. Debemos elevar una oración pidiendo fortaleza para los que son perseguidos y comprometernos con el Dios del Vida resucitada para que, venciendo nosotros el miedo, nos sumemos a las luchas por la extensión de su reino de justicia y paz.

 

Educadores, testigos de Cristo

Estamos esta mañana a las puertas de iniciar la Semana Nacional de la Educación Religiosa, y el contexto no podría ser mejor para analizar la identidad del docente de educación religiosa y de todos los que, en general, se convierten en agentes de evangelización en el mundo educativo.

El educador está llamado, al igual que Pablo, a anunciar con valentía la buena noticia del Evangelio, a no temer ser fieles a la vocación sabiendo en todo momento que el Señor va con nosotros.

Como nos recuerda el Papa Francisco, a la luz de la educación iluminada por la fe, nuestras escuelas y colegios no se reducen simplemente a organizaciones de trabajo, son comunidades educativas que colocan en el centro de su misión el compromiso a favor de la educación integral de los jóvenes, con el fin de contribuir en el desarrollo de su potencial humano a nivel cognitivo, afectivo, social, profesional, ético y espiritual, también por medio de caminos de formación en la fe, promoviendo la alianza educativa con las familias y animando a las estudiantes para que sean protagonistas.

Siendo comunidades educativas, nos debemos de comprometer a promover y custodiar el valor de las relaciones humanas, que unen a docentes, padres, gestores con lazos de afinidad de valores y compartiendo el proyecto educativo.

Por consiguiente, en lugar de asumir actitudes meramente reactivas de cerrazón defensiva ante la sociedad secularizada que alimenta valores como el individualismo competitivo y que legitima, mejor dicho, acrecienta, las desigualdades y parece desafiar la educación en sus valores más profundos (la primacía de la persona, el valor de la comunidad, la búsqueda del bien común, el cuidado de la fragilidad y la inquietud por los últimos, la cooperación y la solidaridad…), los agentes de educación religiosa estamos llamadas a asumir actitudes proactivas para reafirmar el valor de la persona humana, superando la indiscutible exaltación del provecho y de la utilidad como medida de todas las opciones, de la eficiencia, de la competitividad individualista y del éxito a toda costa.

 

Atentos al futuro

Se ha dicho y no podemos cansarnos de repetirlo: la educación religiosa no es un privilegio, es un derecho humano y en ese contexto los padres de familia pueden demandar su impartición en las escuelas y colegios.

Nos alegra saber que finalmente el Consejo Superior de Educación aprobó el establecimiento de dos etapas para impartir la Educación Religiosa en el país: una primera confesional para la educación general básica y una segunda de carácter ecuménico para la educación diversificada.

Ha sido una lucha muy larga y desgastante para que esto se consolide, y se haga valer el voto de la Sala Constitucional emitido desde el año 2010.

Ahora corresponde a cada uno de ustedes velar por el correcto y efectivo desarrollo de estas etapas, y hacer que los programas que se van a  elaborar, respondan verdaderamente a los principios y valores sobre los que se asienta la identidad costarricense.

No se puede seguir dando largas a este tema. La educación religiosa responde al derecho que tiene toda persona a una educación integral, que atienda sus convicciones más profundas y lo oriente para la correcta toma de decisiones en la vida.

Y no podemos olvidar jamás que los principales y primeros educadores en la fe de sus hijos e hijas son los padres de familia. Cada hogar cristiano tiene que ser una escuela de vida en la fe, un proceso que el Estado está llamado a apoyar solidariamente, pero jamás suplantar o invadir.

Queridos funcionarios, docentes y estudiantes, hagamos de la asignatura de Educación Religiosa un espacio para el crecimiento mutuo, y ante que la palabra, utilicemos nuestro ejemplo de vida para formar a los niños y jóvenes.

Ellos aprenderán siempre más del testimonio que de la teoría. Seamos responsables educadores, primero con nuestras vidas, de quienes tendrán en muy poco tiempo que llevar los destinos de nuestro país.

Que superando la inercia de hacer siempre lo mismo, sean ustedes capaces de luchar para que la formación de los estudiantes sea atrayente, interesante e inquietante para sus vidas. Siembren preguntas esenciales en su conciencia y denles argumentos para que ellos mismos encuentren respuestas que orienten su vida al bien y la verdad.

La educación religiosa no es menos importante que la enseñanza de la matemática, de los idiomas o la computación. Los primeros que tenemos que entenderlo somos nosotros, y esforzarnos para que sea una experiencia de fe que nuestros niños y jóvenes deseen vivir cada semana.

La Virgen María, a quien veneramos con especial énfasis en este mes de mayo, ella que es modelo de educadora en la fe, nos guíe y acompañe en esta noble misión. Amén.

 

Mons. Javier Román Arias

Obispo de Limón

Publicado en Homilias.

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