“LOS JÓVENES NO SON EL FUTURO DE LA IGLESIA, SON EL PRESENTE”

Homilía en el tercer día de la Novena de la Virgen de los Ángeles

Peregrinación de la Diócesis de Limón a Cartago

25 de Julio, 2019

 

La juventud como don

 Con alegría caribeña venimos esta mañana a la casa común de los hijos de Nuestra Señora de los Ángeles. Provenimos de la ciudad y de la costa, de las altas montañas, de las barras y de los valles. Y lo hacemos con gusto para escuchar la Palabra de Dios y celebrar la Eucaristía a los pies de nuestra Madre Celestial. Somos peregrinos de la Diócesis de Limón, una Iglesia que ama entrañablemente a La Negrita.

Un saludo afectuoso a mi hermano Monseñor Mario, obispo de esta iglesia de Cartago, a los sacerdotes, religiosas y laicos que nos reciben siempre con cariño. También a quienes nos ven y escuchan a través de los medios de comunicación.

Hoy quisiera que pusiéramos nuestra atención en los jóvenes. Ellos y ellas son un don para la Iglesia y para la sociedad. Hagámoslo en referencia a Jesús, el eternamente joven, y a su Madre, María de Nazaret, signo de la Iglesia resplandeciente de juventud y de limpia hermosura.

En la plenitud de los tiempos como decía san Pablo, María, siendo una joven virgen, fue elegida para ser la Madre del Salvador. Pero, ¿qué podemos aprender de esta humilde muchacha galilea?

 

María, la joven de Nazaret

María fue una muchacha de su tiempo. Llevó, sin duda, la vida normal de una joven israelita, en el seno de una familia creyente, según los usos y costumbres de su época. Creció con las ilusiones lógicas de su edad y compartió la esperanza de su pueblo en las promesas de Dios.

María era todavía una jovencita cuando Dios le propuso la noble misión de ser la Madre del Salvador. Dios, de esta manera, irrumpió en la vida de María cuando ella era joven, cuando apenas empezaba a abrirse al mundo, cuando su corazón estaba lleno de ilusiones, de proyectos y de grandes ideales.

Y María se entregó generosamente al plan de Dios. Le dijo “sí”. Con su respuesta puso de manifiesto una gran capacidad de fe, de confianza, de entrega y disponibilidad. Pero también mostró su espíritu joven, capaz de aceptar el compromiso arriesgado, por su apertura a lo nuevo y por su corazón generoso.

María es modelo para los jóvenes de todos los tiempos. Ella y sus actitudes nos ayudan a encontrar el camino para responder al llamado de Dios en nuestras vidas.

Una primera actitud es la contemplación. María aparece en los Evangelios, como una mujer que medita y profundiza los acontecimientos para descubrir en ellos la luz de la Palabra de Dios. María guarda en su corazón palabras, gestos y actitudes, intuyendo que se encuentra ante el hecho misterioso de la salvación de Dios.

Hoy el mundo necesita personas contemplativas que, a la luz de la fe, mediten la presencia de Dios en la historia, especialmente en su Palabra.

María es modelo también de disponibilidad absoluta a Dios. El “sí” de María en la Anunciación es un “sí” generoso y total que no sabe de tacañerías, limitaciones y condiciones… María estuvo siempre de parte de Dios, al servicio de su acción en el mundo. Ella es modelo de disponibilidad absoluta al amor de Dios y a lo que Él nos pide para la construcción del Reino en nuestra sociedad.

Ella mantuvo siempre además, una vida de servicio. La ayuda que prestó a su prima Isabel, a los novios de Caná y a los temerosos discípulos reunidos en el Cenáculo, son muestra de ello. Con esta actitud, María nos enseña que a Dios lo encontramos en el hermano que tiene necesidad de ayuda.

 

Comprometida en la tarea de la liberación

María tiene la experiencia vital de su pobreza y necesidad de la intervención salvadora de Dios. Ella es la primera entre los humildes de la tierra. Ella es la primera liberada por Dios. María, en el canto del “Magníficat” (Lc 1, 46-55), proclama que Dios ayuda a los humildes y cambia la situación de injusticia, de opresión y de privilegio que tratan de mantener los poderosos para su propio provecho.

María es signo de liberación para todos nosotros. Como ella, podemos aspirar a nuestra propia y total liberación del mal, del pecado y de las esclavitudes o situaciones injustas, contando con la ayuda de Dios.

Unida en todo a su hijo Jesús, conoce pronto el alcance de las palabras que le dijo el anciano Simeón: “una espada te atravesará el corazón” (Lc 2, 35). María siente esa espada de dolor a lo largo de toda su vida en forma de destierro, angustia, persecución, incomprensión, pérdida de su Hijo, soledad…

El dolor de María alcanza su punto culminante en el Calvario. Ahí, de pie junto a la cruz, ve morir a su Hijo. Tiene la experiencia más amarga de la injusticia y de su propia impotencia.

Por eso, María, con su fortaleza, nos descubre el sentido cristiano del dolor y nos anima a continuar con fidelidad y esfuerzo nuestras responsabilidades de hombres y de cristianos.

 

Los jóvenes indispensables

Pero, ¿qué le dice la figura de la joven María a nuestros jóvenes de hoy? El Papa Francisco nos lo explica en su Exhortación Apostólica “Christus vivit”:

En el corazón de la Iglesia resplandece María. Ella es el gran modelo para una Iglesia joven, que quiere seguir a Cristo con frescura y docilidad. Cuando era muy joven, recibió el anuncio del ángel y no se privó de hacer preguntas (cf. Lc 1,34). Pero tenía una alma disponible y dijo: “Aquí está la servidora del Señor” (Lc 1,38). (CV, 43)

Nuestra juventud enfrenta hoy graves retos, y necesita el ejemplo de la joven Madre de Dios para enfrentarlos. El primero de ellos es sin duda alguna el compromiso.

Necesitamos jóvenes comprometidos con las mejores causas, con el bien, con la justicia, la caridad y la libertad. Jóvenes que sepan mirar por encima de las seducciones de este mundo, que tengan el valor de ir contra corriente, de ser críticos y de proponer nuevos caminos para la convivencia humana.

Jóvenes que no se dejen manipular por nadie, que valoren la educación y que rechacen la violencia en todas sus formas. Comprometidos con la protección del ambiente y con la realidad de los hermanos, que en él, viven en las periferias de la existencia humana, económica, social y cultural.

Jóvenes con valor que rechacen los vicios y la vagancia, que estén siempre dispuestos a esforzarse y a trabajar. Jóvenes que amen la familia y estén dispuestos a formar una en santo matrimonio, que quieran traer hijos al mundo y educarlos en la fe, jóvenes comprometidos con otros jóvenes, a quienes puedan orientar.

Jóvenes listos para asumir responsabilidades en el servicio público, la vida política, el mundo del trabajo, la economía, la salud, la educación, la ciencia, la tecnología y el arte, siempre con la mirada puesta en el bien común y la solidaridad. Jóvenes que rechacen la corrupción y no se dejen caer en las aguas turbias de las ideologías.

Jóvenes que amen la vida, la promuevan y la defiendan siempre desde su concepción y hasta su fin natural, que no se acostumbren al mal y que estén dispuestos a cargar sobre sí las consecuencias de sus convicciones.

Jóvenes abiertos a la vocación a la vida sacerdotal o religiosa, que no acallen la voz de Dios en sus corazones, y que por el contrario, la acojan y obedezcan con docilidad.

Estos jóvenes son los indispensables, los necesarios y los urgentes en medio de nuestra sociedad costarricense. También en la Iglesia, que los acoge, valora y acompaña en sus más altos ideales.

 

La Iglesia y los jóvenes

No son pocos los jóvenes que tienen una fe cristiana arraigada en una experiencia comunitaria fuerte y viva. Muestra de ello fue el último Día Nacional de la Juventud, donde miles de jóvenes de todas partes del país se hicieron presentes, al ser convocados por la Iglesia Católica, para celebrar y compartir su fe.

Con alegría y determinación expresaron su deseo de “jugarse la vida por Cristo”.  Esperamos que este encuentro nacional motive a nuestros muchachos a seguir a Cristo y a sentirse integrados en la Iglesia.

Sin embargo la mayoría de la población católica joven no vive una pertenencia real a la Iglesia, en parte por la incapacidad de algunos pastores de dar un testimonio coherente con su fe.

Pero no podemos caer en el pesimismo. Los jóvenes se declaran en búsqueda del sentido de la vida y muestran interés por la espiritualidad, y estos días seremos testigos de los miles de jóvenes que vendrán a peregrinar a este Santuario Nacional con fe, esperanza y alegría.

En el pasado Sínodo de la Juventud se afirmaba que para muchos jóvenes Dios, la religión y la Iglesia son palabras vacías, en cambio son sensibles a la figura de Jesús, cuando viene presentada de modo atractivo y eficaz. De muchas maneras también los jóvenes de hoy nos dicen: «Queremos ver a Jesús» (Jn 12,21), manifestando así la sana inquietud que caracteriza el corazón de todo ser humano.

En efecto, la inquietud de la búsqueda espiritual, la inquietud del encuentro con Dios, la inquietud del amor, es la misma inquietud que aparece en nuestro Tercer Plan de Pastoral cuando repite ese clamor de Felipe, “Queremos ver a Jesús”.

En los jóvenes está el clamor de un pueblo que quiere que les mostremos a Jesús, que como bien dice San Pablo VI en la Evangelii Nutiandi número 41, el mundo de hoy escucha más a los testigos que a los maestros y si escucha a los maestros es porque son testigos.

De ahí la responsabilidad de cada uno de nosotros de ser testigos de Jesús frente a los jóvenes. De ahí la fuerza con la que la Iglesia rechaza el flagelo de los abusos, por eso la insistencia de un acompañamiento sano, positivo y orientado siempre a los más altos ideales.

Lo hemos dicho muchas veces, pero nunca está de más recordarlo, los jóvenes no son el futuro de la Iglesia, son el presente, son el hoy de un mundo que resuena en claves juveniles, y que se comunica en su sintonía.

Si queremos de verdad evangelizar al mundo de hoy, tenemos que contar con los jóvenes, sus dones y capacidades. Ellos y ellas nos mostrarán el camino de una Iglesia fresca, abierta a la acción del Espíritu y lista para enfrentar los desafíos del tercer milenio.

Queridos jovenes, confiemos a María, nuestra Madre y Patrona nuestros sueños, anhelos, sufrimientos y esperanzas. Que ella nos ilumine y fortalezca en el seguimiento de Cristo, como discípulos suyos amados y escuchados. Amén.

 

Mons. Javier Román Arias

Obispo de Limón

Publicado en Homilias, Noticias.

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