María, testigo de la cruz redentora del Señor

Queridos hermanos, gracias de todo corazón por estar aquí para impregnar de Caribe este Santuario dedicado a nuestra madre del cielo.

La Diócesis de Limón se regocija en este encuentro, porque sabe que nuestra amada Negrita nos acompaña y protege. Hoy venimos a darle gracias y a pedir su intercesión maternal, seguros de que nuestras súplicas puestas a sus pies no serán ignoradas.

Hemos caminado como signo de la vida del cristiano, llamado a peregrinar por este mundo hacia su encuentro con el Padre. La peregrinación nos ofrece la posibilidad de reencontramos con nuestra propia historia, nuestra realidad transitoria en este mundo.

Pero la peregrinación no concluye al llegar al Santuario y participar en los actos litúrgicos o de devoción, en adquirir recuerdos como estampitas, medallas o agua bendita.

Se trata de un momento espiritual para recargar energías y cobrar nuevo vigor e impulso para llevar y hacer presente la gracia de Dios al volver a casa. Para entusiasmar y alegrar a los miembros de la familia y de la comunidad que no pudieron venir. Se trata ante todo, de motivarnos en el propósito de extender el Reino de Dios, su justicia y su amor.

Ese caminar implica actitudes fundamentales. Debemos en primer lugar tomar la cruz cada día. Quizá podamos desalentarnos ante lo largo y a veces duro del camino de la vida cristiana. Sin embargo, el mismo Señor Jesús nos auxilia con su gracia y nos da la clave para superar esa dificultad: “Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz cada día y sígame”.

Debemos caminar con paso firme y sereno: la vida cristiana no es una carrera de velocidad, sino de resistencia, de largo aliento, de confianza y mucha esperanza.

Durante el camino debemos de tener conciencia de la presencia de Dios: El ejercicio constante de la oración nos da las fuerzas que necesitamos para peregrinar, nos recuerda la meta y hace alegre el caminar aún en medio de los problemas y dolores.

 

Año de la Misericordia

 Estamos viviendo el Año de la Misericordia en que de modo especial se nos pide no olvidar que en cada hermano que sufre está Cristo. Que en su dolor, su pobreza y sus llagas tocamos al mismo Salvador del mundo.

Y cuántos “cristos” tenemos en nuestro país… Tantos y tantos pobres que rozando la miseria no tienen ni siquiera el pan de cada día. Niños, mujeres y ancianos que soportan hambre y frío bajo latas, cartones y basura.

No lo digo yo. Lo respaldan datos que estremecen y que han sido denunciados por instancias como la Defensoría de los Habitantes, que desnudan la triste realidad de que estamos perdiendo la lucha contra la pobreza.

Al día de hoy, se registran en nuestro país 1.137.881 (un millón ciento treinta y siete mil ochoscientas ochenta y una) personas en condición de pobreza, lo que representa el 21.8% de la población total del país. De ellos 374.185 (trescientos setenta y cuatro mil ciento ochenta y cinco) se encuentran en condición de pobreza extrema. La gran mayoría de estos hogares tienen por cabeza a una mujer.

Estos números, invariables desde hace décadas, apuntan a que algo estamos haciendo muy mal como sociedad. No estamos siendo capaces de redistribuir la riqueza, de generar mecanismos de ascenso social, de oportunidades reales para una mejor calidad de vida.

Todo esto tiene que llamarnos a la reflexión. En mis visitas a la zona indígena de Talamanca he visto la miseria con mis ojos. Nuestros indígenas, abandonados por años, son de las poblaciones más excluidas y empobrecidas del país. Por eso nuestro énfasis en atender su realidad, e involucrar a otros actores sociales y generar conciencia solidaria que mueva a la caridad y a la acción institucional.

Esta población, que según el Censo del año 2011 es de 104.143, representa el 2.4% de la población total del país. El Censo también indica que del total 1.211.964 de viviendas con servicios básicos existentes en el país, solamente 1.148 viviendas indígenas cuentan con esos servicios; de 1.127.991 acueductos únicamente 189 están en comunidades indígenas y 906 viviendas toman el agua de ríos o quebradas; de 1.158.902 alcantarillados, 108 son de viviendas indígenas y 982 casas tienen servicio sanitario de hueco; y de 1.194.999 servicios de electricidad que proveen las empresas, solo 7.581 son en los pueblos indígenas.

Esta es una realidad de exclusión que nos preocupa y nos ocupa. Por eso, en esta dirección, y como fruto concreto del Año de la Misericordia, queremos que nuestros indígenas sean atendidos espiritualmente. El proyecto de construcción de una casa para las Misioneras de la Caridad en la comunidad de Alto Cohén va adelante con la ayuda solidaria de muchas personas. Ellas tendrán la misión de evangelizar el territorio y de generar procesos de promoción humana entre estos hermanos.

Porque no podríamos comprender un Año de la Misericordia sin obras de misericordia, sería un tiempo inútil, un fracaso y un retroceso. La mejor evangelización es hacer sentir el amor de Dios a quien en su necesidad, sea material, física o espiritual, requiere de una palabra, un gesto o una caricia para seguir adelante.

Pienso especialmente en las mujeres en situación de pobreza y en las madres adolescentes que con sacrificios sacan adelante a sus hijos, pero también en las profesionales que son discriminadas por su misma condición de mujeres. El ejemplo de la Virgen nos impulsa a exigir para todas ellas un trato respetuoso y digno, en igualdad de condiciones que los hombres.

 

María al pie de la Cruz

La primera lectura de hoy nos invita a preguntarnos quién podrá apartarnos del amor de Dios. Y la respuesta es clara, nada puede separarnos de su amor. Ni la muerte ni el dolor ni el sufrimiento. Y el mejor ejemplo es la Santísima Virgen. “Y a ti, una espada te atravesará el alma” (Lc 2,35), fue la sentencia del anciano Simeón.

Ella, como nadie, fue testigo del dolor. Ver a su hijo, ¡el Hijo de Dios! morir clavado en la cruz fue el cumplimiento de aquel oráculo. Cuántas madres sufren el dolor de la muerte de sus hijos, y no sólo la muerte física, sino también la muerte espiritual bajo la cruz de la droga, de la delincuencia, de la violencia, del pecado… de su lejanía de Dios…

Ellas, como la Virgen María, cargan todo en su corazón, pero ese sufrimiento no quedará sin recomepensa. Serán, igual que la Madre del Cielo, testigos de la resurrección, de la nueva vida que Cristo abre para todos los que como ellas creen, oran y conservan la fe.

La escena cumbre del sufrimiento de María es la que Juan describe al pie de la Cruz de Cristo. Hoy nos aproximamos amorosamente a este momento trascendental, expresión del “martirio” íntimo de la madre del crucificado. Y lo hacemos como el discípulo amado, que el Señor llama para que acoja a su madre.

Jesús la hizo depositaria de sus dones de salvación y vio en ella la primera respuesta humana plena a su gesto de amor sin límites. Para Jesús, la presencia de su madre fue un tesoro inmenso en ese momento porque vio cómo su entrega era recibida por aquella que tenía el corazón preparado para recibir la total entrega de su amor.

María al pie de la Cruz no es la mujer derrotada que se apaga ante el dolor. Sucede todo lo contrario: ella es verdaderamente la mujer fuerte que desde su identidad femenina y maternal encuentra fuerza en el dolor y así se convierte en expresión viva del evangelio y en aporte concreto a la redención del mundo.

María ama a sus hijos participando del amor que brota de la Cruz de Jesús, de ahí que no se trata de un simple sentimiento, sino del amor fecundo que brota del dolor que salvó al mundo transformando la muerte en vida. Ella se ofrece a sí misma junto con Jesús al Padre.

Pues bien, Jesús antes de morir quiso que estas dos personas, unidas a él de forma muy estrecha -en cuanto madre y en cuanto discípulo- se pertenecieran la una a la otra. No se trataba de una decisión de ellos, sino del mismo Jesús.

María entonces puede apoyarse en él, como en su hijo. El discípulo la respetará,  la estimará y se ocupará de ella en las necesidades y en las debilidades de la vejez.

María, por su parte, recibe un nuevo llamado: el de ofrecerle al discípulo amado –imagen de todos lo que pertenecemos a Jesús por el discipulado– todo su amor de madre.

Porque el discípulo amado estaba estrechamente unido a Jesús, ella lo amará como a su hijo Jesús. Así de intenso es el amor que Jesús quiere que recibamos sus discípulos y en esta hora crucial de la Pasión, no podemos dejar de pensar que en el amor de la madre también se experimenta todo el amor del Crucificado.

Una nueva realidad comienza a partir de las palabras de Jesús en la cruz. Se crea una relación estrecha entre su madre y su discípulo. Ahora viven el uno para el otro, lo que los une a Jesús, los une entre sí. Es el mismo amor contenido en el mandato: “Ámense los unos a los otros como yo los he amado” (13,34).

Así en el amor de María como madre que sufre por toda la humanidad y la Iglesia, está el amor de Jesús hasta el extremo y así es como la Madre de Jesús también se convierte en mediadora de vida para todos nosotros.

La “Hora de Jesús” es la “Hora” de la intercesión de María que, fiel a su nueva maternidad, coloca ante a la Cruz a todos los sufrientes de la historia para que el pecado que está en lo más hondo del dolor sea fuente de vida.

Por eso, hermanos, confiados a su maternal intercesión, dejemos hoy aquí todo eso que nos agobia y que no nos permite vivir en plenitud. Entreguémoslo a nuestra Madre, que ella en su infinito amor será el medio para convertir las lágrimas en alegría, las penas en gozo y el sufrimiento en esperanza.

Los invito finalmente a encomendar a nuestro país y en particular a nuestra diócesis limonense al amparo de Nuestra Señora de los Ángeles. Que ella nos configure en auténticos discípulos y misioneros de su Hijo Nuestro Señor.

Que así sea.

 

Publicado en Homilias.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

4 × 4 =