Mensaje de Monseñor Javier Román para la recepción de los símbolos de la JMJ en Guápiles

Mis queridos jóvenes, su energía es contagiosa. Gracias por llenarnos a todos con su fuerza, sueños y de esperanzas. En efecto, hoy estamos aquí con el corazón gozoso porque el Señor ha estado grande con nosotros y estamos alegres.

Le damos gracias a Dios porque nos permite compartir la fe alrededor de estos signos tan significativos, que nos anuncian la cercanía del mayor evento mundial de los jóvenes católicos: la Jornada Mundial de la Juventud.

Recibimos con mucho fervor la Cruz Misionera de la Jornada Mundial y el Ícono de Santa María Protectora del Pueblo Romano, entregados a los jóvenes por San Juan Pablo II. Él mismo nos enseñó el motivo: conocer más profundamente a Cristo en el Misterio de la Redención y encomendar la vida a la Madre de Dios.

Al recibirla la admiramos y la contemplamos: una cruz sencilla, pero majestuosa; sobria, pero llena de significado; misteriosa, pero llena de esperanza. Es la cruz que nos recuerda el amor que Jesús tiene por todos, especialmente por los adolescentes y jóvenes, y entre ellos, a los más necesitados.

Es la cruz que nos recuerda el llamado que el Señor nos ha hecho a la santidad, ¡a la perfecta alegría! El corazón del joven anhela, desea, busca la felicidad, pero la fe nos ayuda a descubrir que no hay felicidad verdadera y auténtica, sino es en su amor.

El joven desea un mundo mejor y Jesús le ayuda a descubrir que es posible, pero sólo con la fortaleza del amor que lo da todo por conseguirlo, renunciando a ideologías y a propuestas individualistas que invitan dejar a un lado la familia, a un lado a los demás, a dejar a un lado a los hermanos, y a sólo concentrarse en el yo aislado. Ese es el camino a la tristeza, al llanto y a la desesperación.

La cruz de la JMJ es un signo lleno de misterio, ha recorrido países, miles de jóvenes la han tocado, se han arrodillado, han presentado su oración, han recibido consuelo y fortaleza, es el misterio de la fe. Esta cruz, al actualizar la fe en el amor de Jesús, ha llenado de esperanza los corazones de muchísimos jóvenes y de muchas personas que se acercan a ella con una fe sencilla, más no fanática.

Esta cruz no recorre los caminos buscando fans y likes, busca corazones afligidos y personas sencillas y pobres para consolarlas, sanarlas y fortalecerlas en medio de las luchas de la vida y renovar su esperanza y su esfuerzo. En la cruz, el Sagrado Corazón de Jesús derramó su sangre por ustedes, por mí, por todos, e hizo de todos nosotros un solo pueblo.

Que la presencia de estos signos sencillos por todas las diócesis de nuestro país nos ayude a unirnos en la fe, todos como adolescentes y jóvenes que creemos en Cristo nos reconozcamos miembros del grandísimo pueblo de Dios que peregrina en todo el mundo y renovemos nuestra fe y esperanza.

Porque, como dice el Papa Francisco, los cristianos sabemos que nuestros mejores días y tiempos están aún por venir, que esos mejores días pueden ser construidos por nuestro esfuerzo y la gracia divina; ustedes jóvenes nos hacen recordar a todos que los cristianos somos un pueblo más de futuro que de pasado, y que en el horizonte del hombre hay un sol que lo ilumina para siempre. Creemos que nuestros días más bellos aún están por venir.

Finalmente, hay una mirada que aprendemos de las mamás llenas de amor y de la que todos podemos aprender. Cuando hay una reunión familiar y alguna de las hijas o hijos no está presente, el corazón de la mamá conecta con el hijo ausente. Unos le dicen que no se preocupe, que se alegre con los que están presentes; pero la mirada de la mamá se pierde un momento en busca de su hija o de su hijo. La Virgen María nos enseña y nos anima a recordar a los jóvenes de nuestra diócesis que no están aquí. A buscar a quienes necesitan experimentar la misericordia del amor de Dios, pero que por muchas razones no la han recibido o la andan buscando en lugares donde nunca la encontrarán.

Llevemos con alegría la Cruz de la JMJ y el Ícono de María, que llegue adonde están ellas y ellos, que recorra nuestros barrios limonenses, que visite nuestros templos y capillas, que haga estación en hospitales, que se haga cercana, que todos la puedan tocar y puedan orar ante ella, que se tomen fotos y compartan su alegría y esperanza, para que juntos podamos transformar todas esas realidades que nos duelen de nuestra provincia en fuerza para salir adelante con la ayuda de Dios y nuestra Madre Santísima.

Y que en este espíritu de unidad y amor sigamos preparando el camino al encuentro con Jesús en Panamá 2019. Que Dios los bendiga.

Mons. Javier Román Arias

Obispo de Limón

Publicado en Homilias.

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