Vida y paz para Limón

Queridos hermanos y hermanas, gracias por su presencia aquí esta mañana. La voluntad que nos mueve a manifestarnos por la paz en nuestra provincia es reflejo de que el bien y la verdad son valores fuertemente arraigados en el corazón de los limonenses.

Mi pensamiento hoy se dirige a quienes a lo largo de la historia han sabido construir la paz. Tenemos mucho que aprender de ellos.

San Francisco de Asís, el santo de la paz, imploraba de Dios ser una herramienta de concordia, de encuentro y fraternidad en medio de una época plagada de guerra, divisiones y odios. “Señor, hazme un instrumento de tu paz”, era la oración que repetía con insistencia.

Hoy también nosotros tenemos que pedir el don de la paz, y ser en nuestro entorno herramientas útiles para su edificación. Ustedes podrían preguntarme, ¿pero cómo cuando los asaltos y la muerte nos acechan y atemorizan?, bueno, comenzando por nuestro corazón y nuestros actos más sencillos y cotidianos.

Nuestras familias y hogares tienen que ser faros de paz, lugares donde siempre queramos llegar porque encontramos tranquilidad, amor y ternura. Donde la comida se sirva y se reciba con cariño, donde los problemas se resuelven en paz, hablando y llegando a acuerdos.

En hogares así no hay espacio para que penetre la droga y todo el infierno que ella conlleva. Tenemos que blindar nuestras familias con amor, darles a nuestros hijos razones para levantarse y querer ser mejores personas, haciendo sentir en sus vidas el amor y la misericordia de Dios.

Esa fuerza es la que construye la paz. Igual en las escuelas, colegios y centros de trabajo. Nuestras relaciones con los demás deben estar marcadas por esa humildad y esa transparencia que nos enseñó San Francisco.

Los chismes, las “serruchadas de piso”, las hipocresías y las dobles vidas son fermento para el odio y la división. Nunca más estos actos de terrorismo, como los llama el Papa Francisco.

La Madre Teresa de Calcuta, que la Iglesia Católica acaba de declarar santa, es otro ejemplo de cómo podemos construir la paz.

En 1979 cuando recibió el Premio Nobel recordó que Dios tomó en Jesucristo la condición del hombre en todos los aspectos como nosotros, excepto en el pecado, y que había venido a proclamar la buena nueva. Esa buena noticia era la paz a todos los hombres de buena voluntad y esto es algo que todos nosotros queremos, la paz del corazón.

Se entiende entonces que la paz nace en quien está cerca de Dios y cumple su voluntad. Si queremos problemas, nos alejamos de Dios, pero si lo que anhelamos es paz y vida, pues vayamos hacia él. Y aquí no es un asunto de esta o la otra Iglesia, se trata de buscar a Dios con sincero corazón y construir comunidad alrededor de la vida que él quiere de cada uno de nosotros.

Me pregunto entonces, ¿cuánto y cómo oramos los limonenses?, ¿damos ejemplo a nuestros hijos de una auténtica vivencia religiosa? ¿imploramos a Dios la paz que deseamos y merecemos?

No nos engañemos. Las iglesias, comenzando por la católica, tienen muchos defectos, porque están conformadas por personas, pero en ellas subsiste el bien como elemento fundamental. Volvamos a la fe limonenses, volvamos a leer la Sagrada Escritura, conformemos nuestras vidas con los valores del Evangelio y todo comenzará a cambiar.

Otro ícono de la paz, Martin Luther King, se destacó siempre por sus luchas pacíficas contra la discriminación racial en Estados Unidos. Y lo que hizo especial a este hombre fue que siempre tuvo sueños. Soñaba un día en que todos podamos sentarnos a la mesa como hermanos, soñaba que donde hubo violencia florecía la libertad y la justicia y que donde hubo llanto habrá de nuevo alegría y esperanza.

Su ejemplo nos tiene que inspirar a nunca dejar de soñar. Soñemos un Limón nuevo, donde todos tengamos oportunidades de educación y empleo, donde podamos trabajar unidos por el bien común, donde dejemos de lado los intereses particulares: gremiales, políticos o comerciales y nos comprometamos con el futuro de nuestros niños y jóvenes, soñemos un Limón grande, inclusivo y que sea ejemplo para el país.

Exijamos al Estado aquello que tenemos derecho: mejor educación, mejor salud, más seguridad y mejores oportunidades de empleo, pero tampoco esperemos que todo nos caiga del cielo. Demos el paso al frente con más esfuerzo, más trabajo y con la conciencia de que solo juntos podremos salir adelante.

Caminar, como lo hemos hecho hoy, es signo de avanzar, de querer cambiar todo aquello que hoy nos duele. ¡Cuántas vidas cegadas! ¡Cuánto dolor que clama al cielo! ¡Cuánta sangre derramada…!

Con la fuerza del corazón digamos ¡Basta ya! ¡No más lágrimas!  ¡Queremos paz!

Dios los bendiga

 

Mons. Javier Román Arias

Obispo de Limón

Publicado en Homilias.

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